Diversidad funcional y ecología política y social.

ruedafortuna

Ponencia política.

1. Introducción.

Pudiera pensarse que para las personas con diversidad funcional, históricamente excluidas de los estándares de derechos civiles, económicos y sociales básicos, la economía del Decrecimiento quizás no es una opción. Sin embargo, construir herramientas ante la feroz inevitabilidad de ésta es competencia, también, de la política verde, del ecologismo social. Frente a los proyectos políticos tradicionales, una alternativa ecosocial debe sustentarse en propuestas para la equidad capaces de alterar significativamente los problemas de la ciudadanía en el medio y largo plazo.
En el caso de las personas con diversidad funcional se ha revestido inmemorialmente con la categoría de “problemas” lo que en realidad es opresión y exclusión: la negación de sus derechos humanos básicos. Y ello sin que se produzca una reacción de alarma social en consonancia. Situaciones que no serían toleradas por la mayoría, se contemporizan para este colectivo con actitudes de indulgencia de un apartheid de baja intensidad que descalifica el modelo de sociedad en la que malviven cerca de cuatro millones de personas (3.847.000, casi el 9% de la población, según el INE, 2008).

Por otro lado, muchas de las cuestiones que afectan a este grupo heterogéneo impregnan y alcanzan ya al resto de la población al extremo de convertirse en otro elemento más de las prioridades políticas estratégicas. En muy breve plazo (en torno a 2050, según el INE) el 30% de la población de nuestro país estará formada por personas mayores de 65 años (con 4 millones de octogenarios), y en cálculos de la ONU para entonces seremos el país más envejecido del planeta. Esta magnitud se entiende mejor cuando se asimila que en gran medida a mayor longevidad, mayor discapacidad, poniendo sobre las tareas de álgebra política la resolución de un binomio inevitable y natural. También en la ecología social.

Durante un breve periodo del pasado histórico se han producido mejoras en los sistemas de salud y de apoyo social que se han traducido en una mayor tasa de supervivencia de la población en general y de las personas con diversidad funcional, consecuencia del efecto centrípeto del breve welfare state. Sin embargo, esas mejoras costosamente arrebatadas al desarrollo del capitalismo moderno, pierden su lustre benéfico cuando se cae en la cuenta de que la longevidad incrementa el riesgo de adquirir una discapacidad, y con temor cuando esas limitaciones se producen en sociedades en las que se quebraron intencionadamente los esquemas tradicionales/patriarcales de apoyo en la familia y en la comunidad. Desmantelado el escenario del bienestar a cuenta de la crisis económica, desposeída la población de los recursos financieros de soporte, se encontrarán ante el espejo que les devuelve una imagen social que venían asignando hasta ahora a las personas con diversidad funcional.

2. Venimos del futuro del neoliberalismo.

Lamentablemente, cada vez es más alarmante la evidencia de que nuestros entornos tóxicos se han convertido en generadores de graves daños para la salud y que, cuando menos, sus efectos se presentarán y mantendrán como situaciones de discapacidad, incluso entre la población más joven. Esas situaciones se establecen ya sobre el mismo modelo excluyente y desdeñoso que viene zafándose de las personas con diversidad funcional, ubicadas en lo secundario de la acción política incluso por las organizaciones y partidos que alardean de una copiosa prosapia social. No podrán encontrar los apoyos necesarios. De modo parejo a la edad y las limitaciones, muchos hombres y mujeres descubrirán/descubren ahora la hostilidad del diseño de sus ciudades, la imposibilidad literal de deambular libremente, de acceder a sus edificios, de usar los servicios públicos más básicos de salud o educación, servirse de sus artefactos menores y mayores de su sociedad tecnologizada, experimentar la exclusión de sus medios de transporte… Comienzan a interiorizar el aislamiento, la invisibilidad y saberse cada vez más atrapados en un mundo concebido sólo para el hombre unidimensional que la ensalzada economía productivista, del crecimiento y la superexplotación humana y de la biosfera ha establecido y aplicado para ellos y ellas. Descubren que con su tiempo vital y su dinero han financiado su exclusión.

Es por esto que EQUO, que la ecología social y política está obligada a decapar la vieja pintura, los barnices que camuflan la desidia política incrustada en la conciencia colectiva y en las obsoletas y pesadas maquinarias del estado y del poder económico. Como organización política de vanguardia, EQUO esta obligada a insistir en evidenciar ante todos el deterioro ambiental y social, la desmedida proliferación de enfermedades tumorales y reactivas al medio ambiente contaminado, los riesgos alimentarios, los daños irreversibles en la biodiversidad del planeta… Las esclavitudes en tiempo vital y social impuestas por el sistema económico y productivo, hacen cada vez más apremiante iniciar ese camino hacia una alternativa político-social superadora del capitalismo y el productivismo. Se trata de descubrir, colectivamente, paso a paso una alternativa capaz de conciliar el cuidado de la naturaleza al tiempo que tomar conciencia de la necesidad de cuidar y ser cuidados/as.

3. Propiciando una economía ecofeminista.

Gracias al bagaje aportado por la economía ecofeminista, EQUO parece obligado a tomar su testigo para insertar en la cultura y en la acción política orientaciones que aporten opciones al impacto lesivo de la actual crisis social que, ligada a la crisis ecológica sin precedentes que afrontamos, es consecuencia de la deriva calamitosa a la que el quimérico horizonte neoliberal del bienestar supeditado al crecimiento nos viene arrastrando históricamente. Parece inexcusable dotarse de instrumentos con los que abordar ya una mayor dimensión ecofeminista para favorecer una economía política responsable.

El capitalismo patriarcal, androcéntrico, ha alienado a personas con diversidad funcional y mujeres tras una barrera de constante devaluación social y cultural, pero imponiendo sobre estas últimas el cuidado de los primeros, cargando sobre su fuerza de trabajo los costes de reproducción social en el trabajo de cuidados que, como otros, no se registrarán jamás en las gráficas de sostenimiento del sistema. Con ello, la mirada ecofeminista ha evidenciado más si cabe la contradicción entre el proceso de reproducción de personas y el proceso de acumulación de capital, lo que se traduce para el neoliberalismo imperante en que las personas no son objetivo prioritario, sino que están al servicio de la producción. Y si eso no es posible al completo, como ocurre con las personas con diversidad funcional, se retoma el modelo de la prescindencia con mayor o menor brutalidad.

Así como el ecofeminismo reformula la identidad humana, la vida y la organización social en los ritmos naturales y las éticas y políticas que eso genera, el Movimiento de Vida Independiente de las personas con diversidad funcional, superando el modelo médico-rehabilitador y el asistencialismo, reclamando la equidad basada en el derecho, la democracia y la igualdad ciudadana, coincide con el primero en un modelo que se deshace del androcentrismo opresor como regidor de la economía. Proclive a una economía verde y de transición, puede comprometerse en hallar nuevos contextos de relación, de interacción revalorizada por el respeto a la diferencia, a la diversidad humana, a los tempos marcados por la naturaleza y el reconocimiento de toda la arquitectura oculta que sostiene la vida.

Esta convergencia esta llamada a ser punta de lanza:

  • para poner en valor modelos de trabajo centrados en la persona y el medio;
  • para hacer que el reparto sexual del trabajo, incluido el de cuidados, entre en la normalidad de las actividades necesarias para la vida;
  • para revaluar rentas mínimas y máximas reduciendo la pobreza endémica entre las personas con diversidad funcional;
  • para llevarnos a nuevas escalas de progresividad fiscal con las que afrontar la inversión en cuidados de las personas y el medio;
  • para encontrar una economía autoreproductiva adaptable a la vida y la naturaleza;
  • para estimular el tránsito a la vida en comunidad progresando hacia la reducción máxima de los centros de internamiento;
  • para reconfigurar el territorio y las ciudades como entornos adaptados a la vida y no a la producción;
  • para disminuir la globalización, también, en la transferencia de los cuidados a las mujeres emigrantes…

Para contribuir a generar, en definitiva, un efecto dominó hacia una anticipación de políticas para el mantenimiento de la vida y la dignidad humana. Pero esta vez para todos.

4. Conclusión. Conjura para una clave política.

Las inminentes y aciagas previsiones privatizadoras contenidas en los distintos tratados de libre comercio (TTIP, CETA, TISA…), ensombrecen aún más el panorama al dejar puertas abiertas a la avaricia neoliberal en estructuras del estado cada vez más acosadas como el sistema público de salud, la educación, el control medioambiental, los servicios sociales o la administración. La amenaza se traduce en la restricción de la autonomía del Estado sobre esos servicios, su privatización, la incapacidad para retornarlos al control ciudadano y garantizar indemnizaciones desorbitadas a los inversores privados de semejante asalto. La vulnerabilidad endémica en la que han sido colocados colectivos como el de las personas con diversidad funcional en estos ámbitos ahora más codiciados, debe animar a organizaciones como EQUO no sólo a posicionarse frente al saqueo global organizado como viene haciendo, sino a estimular desde el poder político y legislativo que alcance a ser permeable al germen alternativo capaz de horadar estos muros crecientes, aun con la lenta constancia social de las hormigas frente al neoliberalismo.

Las organizaciones políticas como EQUO deben valorar con urgencia adoptar una conciencia activa asentada en modelos ideológicos/legislativos que se inspiren en la “Diversidad” y la “Vida Independiente” como estímulos políticos capaces de inducir didácticas para la transición hacia los derechos humanos de las personas con diversidad funcional. Y ello con la audacia de ubicarse frente a paradigmas de intervención clientelares que han demostrado su ineficacia o que sólo han servido a la desidia social e institucional y al mayor enraizamiento de la desigualdad.

Sobre lo expuesto anteriormente, bien puede decirse que al correr del tiempo que nos ha tocado vivir se conjuran elementos que deberían inducir a EQUO hacia planteamientos de vanguardia social y de derechos civiles:

  1. Incorporar transversalmente a su acción política la constante de la perspectiva de la diversidad funcional (con el rango que en el pasado se otorgó a la de género), exigida por justicia histórica y por vincularse a una apremiante respuesta a un escenario demográfico inminente, complejo e inexorable.
  2. Incorporar, parejo a lo anterior, el enfoque ecofeminista, no solo por justicia de género sino por ser el catalizador que facilitará la reacción de desmantelamiento del sistema económico liberal por otro fundamentado en la vida y la sostenibilidad.
  3. Estimular políticamente y dar visibilidad interna y externa a toda iniciativa de propuestas de transición hacia modelos rigurosos con los derechos sociales, económicos y políticos de las personas con diversidad funcional.

Al contrario que otros partidos políticos, EQUO debe aceptar el reto de saber que para esos objetivos NO HAY RECETAS; que la construcción de esos modelos descansa en una constancia de atención a nuevas formas de socialización que ya se están dando en los suburbios de la política institucional y que tienen que ver con la autogestión, con las redes de cuidado, con fórmulas de cooperativas de vivienda, de servicios o residencia, etc.

Por demás, a pesar de no existir otras recetas políticas que las que priorice el diálogo y la participación social, en el ámbito de las personas con diversidad funcional si existe un repertorio de incumplimientos para el corto y medio plazo vital que han desvinculado a este colectivo de la política como motor eficiente para el cambio y que EQUO puede recoger como ideas fuerza en su ideario y acción ecosocial:

  • Trasposición REAL de la Convención de los Derechos de la Personas con Discapacidad, inflexible y evaluable en fórmulas abiertas de participación.
  • Desinstitucionalización – Estimular/facilitar tránsitos hacía la vida autónoma y en comunidad.
  • Impulsar la ASISTENCIA PERSONAL, entendida como un derecho humano y herramienta para la desinstitucionalización paulatina y praxis clave para un cambio cultural e histórico.
  • Educación no segregada – Socializar en la diversidad humana con los apoyos necesarios.
  • Una sociedad sin violencia (especialmente la ejercida sobre mujeres y las niñas con diversidad funcional).
  • Diseño para todos: accesibilidad universal; aplicación estricta de la legislación. Régimen sancionador.
  • Normalización en la visibilidad social.

Traducido a la acción inmediata, debería servir para estimular iniciativas legislativas como:

  • Ley de Apoyos para la Vida Activa (Asistencia Personal, desligada de la llamada Ley de Dependencia).
  • Ley del Transporte Accesible y Especial.
  • Financiación de Programas/Planes para la adaptación/accesibilidad/rehabilitación urbana, de viviendas y el transporte público.

* * *
14 de agosto de 2016, Tomonde, Vedra (A Coruña).

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La paz de los lagartos

lagarto

¡Volved a vuestra casa
bajo el pueblo de grillos!
¡Buenas noches, amigo
Don Lagarto!

Ya está el campo sin gente,
los montes apagados
y el camino desierto;
solo de cuando en cuando
canta un cuco en la umbría

El lagarto viejo (1920). Libro de poemas, Federico García Lorca.

 

A J.V.F., in Memoriam.

 

Autotomía

Hay lecturas a las que sólo me lleva Fuka, mi perra, en cuya cabeza hay un mapa de todas y cada una de las madrigueras de lagartos que se reparten por nuestro recorrido diario por el monte. Sabe de una en la junta del puente que cruza la autopista, de otra en la cuneta donde el temporal tronzó un árbol, de otra más en la cuneta frente al viñedo grande y también en la entrada de la finca de Vicente, el guardia. Mirándola de reojo mientras caminamos a la sombra de pinos y robles, observo cómo las ubica ya de lejos, por si algún verde adorador del sol ya estuviese encarado a él, y cómo una vez allí olfatea hierbas y suelo no sin cautela, con sigilosa prudencia y hasta donde le permite el largo de la correa. Y aunque llevarla sujeta a mi silla de ruedas me pone en riesgo de convertirme en un carruaje arrastrado por una cabra de aspecto perruno, con ello he frenado en más de una ocasión sus bruscas acometidas instintivas por capturarlos. A veces me engaña oliscando entre helechos y la hojarasca a pie de los castaños, rascando cuidadosa y taimada para, inesperadamente, asustarme lanzándose como un rayo sobre algo que siempre se escurre y desaparece veloz. De momento he evitado destrozos en esas casas, poco menos que un agujero disimulado entre el brezo y las jaras, y nunca ha lesionado a ninguno de sus moradores. Incluso por sus gestos he adivinado una leve repugnancia y cierto alivio dejando marchar a esas criaturas sinuosas. No puedo decir lo mismo de alguna que otra lagartija algo lenta y despistada… sobre cuyo cadáver blandengue acaba restregando el cuello, ufana, bailando panza arriba una danza bárbara, guerrera, quizás impregnándose de olores de camuflaje para alguna batalla que no tendrá lugar.

Es sabido que las lagartijas comunes y muchos lagartos, tienen la capacidad de desprenderse o romper su cola rehuyendo el ataque de un depredador. Optan por quebrar sus vértebras y abandonar un pedazo de su cuerpo para salvar la vida. Sobrevivir, aunque sea lastrando pedazos de uno mismo. Pero leyendo sobre esta peculiaridad se descubre que esas vértebras caudales no se regeneran, que en realidad todo se compensa con una nueva extensión cartilaginosa sustituyendo lo perdido.

Así, a vueltas con los lagartos y con la incómoda y desatenta actitud que siempre me vence leyendo en una pantalla, recientemente caí en cierta confusión por paronimia entre los vocablos autotomía y autonomía, y por un instante me engañé entendiendo que esa capacidad de auto-mutilación de los lagartos la denominaban, también, autonomía. A primer golpe de comprensión no era tan disparatado… A menos cuerpo, menos masa capturable y menos dependencia de lo que puede ser prescindible y así escurrirse hacia la supervivencia. Tener autonomía incluso haciéndose añicos para seguir respirando. Así pues, en el renacimiento de un lagarto auto-mutilado la cola regenerada no posee vértebras, de igual modo que no todo agujero es casa segura si para Fuka estos viven en oquedades mal disimuladas, llenas de olores que invitan a la caza, bajo ese pueblo de los grillos que conocía F. García Lorca.

Madriguera

Creo que J.V. experimentó muchas autotomías a lo largo de su vida. Tal vez por eso, al saber de su muerte, no he podido evitar asociarle con uno de esos lagartos altivos, gota de cocodrilo, que yerguen su cabeza y el pecho desafiante al sol, próximo al frescor de su agujero. Esos que rehuyen el combate con mi perra y caminan como arrastrando la barriga, raudos y patosos de finas uñas y dedos, reorientando su posición a medida que la estrella muda su lugar.

Tengo un vago recuerdo de él, un hombre de gran estatura encajado en el armatoste de una de aquellas sillas de ruedas de hace más de veinte años que ya entonces impulsaba a duras penas. Resulta inimaginable, pero a fuerza de la obviedad trato de entender que todo ese tiempo, toda una vida, transcurrió para él internado en uno de esos lugares que lustran las memorias anuales del Ministerio de Asuntos Sociales, una de tantas instituciones del archipiélago Gulag que motean el mapa del olvido para las personas con diversidad funcional. Creo que fue allí donde inició una relación de pareja con otra residente y hasta creo recordar también que una de las veces que les visité ambos estaban pletóricos tras vencer los continuos y agotadores impedimentos de la dirección al tratar de vivir juntos en un mismo dormitorio, y si no me engaño, incluso a poco de poder añadir estanterías y lograr pintar las paredes de su habitación de otro color que no fuera el blanco oficial institucional. Imagino que en la vida intramuros también compartieron esa mutua autotomía, un lento y silencioso deshacerse de porciones de vida que en un internamiento, sin opciones, se trocan en lastres, pesos que pueden hacer naufragar la vida que resta. Quizás todas esas renuncias, esa resta aniquilante del espacio en el que poder tenderse bajo el sol acotado de una institución, contribuyeron a su divorcio. El fallecimiento de ella tiempo después seguro que fue de esas dentelladas que cercenan espíritu y cuerpo y te hacen irreconocible ante el espejo, mutilado, minúsculo… Al parecer, enfermo y envejecido, sustituyó su exposición al sol a poco más que al resplandor de la pantalla de un ordenador, un universo supletorio que si bien no era como el mundo circundante que otros podían entender, al menos era un brillo dentro de la madriguera. Me es muy difícil, sin embargo, poder imaginar el encallecimiento de la mente de un reo sin condena internado de por vida, representarme esa atrofia social que malquista cada pensamiento y las renuncias, todos los abandonos del equipaje que va quedando por el camino, la indiferencia por las pertenencias más sustanciales que otros apartan al paso.

Guiando a impulsos incontrolados su silla de ruedas automática hasta un ascensor del laberinto de la madriguera, me cuentan que la ataxia de Friedreich sumó sobre él el peso que venció su cabeza contra su pecho imposibilitándole alzarla para poder utilizar la botonadura. Puede que quizás, tras unos giros infructuosos, desistiera. Y allí permaneció, olvidado, hasta que le hallaron para escandalizarse de su necedad, de su autonomía, que al final sólo le había servido para verse inerme, solo, en un elevador. Y habituados a apartar con el pie las pertenencias vitales, la silla le fue retirada para evitar nuevamente la inquietante escena de poder volver a verlo inmóvil y vencido en la cabina de un ascensor.

Me cuentan que ya no quiso hacer más renuncias, más autotomías, que apartado su cachivache, su renuncia fue solo la negativa a todo, a un “no quiero” que seguro que a nadie desalentó. Los achaques y la rapidez con que las enfermedades envuelven como una hiedra veloz a quienes quedan cuerpo a tierra, debieron hacer el resto.

No es habitual, pero al giro del monte hacia el otoño, apenas sin impulso vital, próximo al ribazo de la cuneta de una pista cualquiera, alguna vez he visto algún lagarto inmóvil, indiferente a mi paso al aproximarme y aterido por el frío inesperado. Fuka ni lo percibe, bien por la dificultad, dicen, de que los perros capten el color verde o bien porque lo que no se mueve no tiene interés.

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Vagón de cola.

juanjo-5abr2016_trenComienzo a escribir esto mientras viajo en el tren después de muchos, muchos años en que lo hice por última vez, sin contar otro intento fallido imposibilitándoseme entonces ir a Córdoba. Insensato, trato de hacerlo usando un teléfono móvil, una locura capaz de hacer retorcerse los nervios del más calmado.

Hoy regreso a Galicia tras dar una charla en Sevilla en la que como en otras, sin megafonía apropiada, he debido pedir disculpas por mi apagada y cascada voz de ex-fumador compulsivo. Al menos no apareció esa tos boba que impone punto y coma a mis largas parrafadas, consecuencia de una garganta reseca que me obliga a detenerme.

Ciertamente, el tren de hoy en nada es igual al recuerdo difuso de un viaje de la infancia, contándome aún en el mundo de los bípedos, acompañando a mi padre camino de Extremadura esperando en silencio en una estación sin apeadero, a pie del terreno, en la limpia oscuridad de una noche de verano para, súbitamente, ver venir hacia nosotros una enorme, humeante y cuadrada locomotora negra y terrible. Cuelga de éste el recuerdo sobrecogedor de apretar fuertemente la mano del padre, temblando, mientras el monstruo, altísimo, vino a detenerse ante ambos con un ruido aterrador. El miedo aun perduraba al verme alzado a uno de los altos, tétricos y chatos vagones de color verde caqui oscuro, casi militares, con una simple línea amarilla recorriéndolos en horizontal. También está el recuerdo de despertar tras quedar dormido en el asiento de cuero renegrido y madera vencido sobre el hombro de un pasajero, cubierto por la chaqueta del padre, y pasmado, señalar la forma de una nube que iluminada por la luna, quise que fuera la pierna de una bruja. Acontecimiento este discutido entre cucharadas del yogur que me embuchaba mi progenitor. Y qué decir del asombroso retrete con un hipnótico agujero que despedía todo directamente sobre las traviesas de la vía…

Ahora, en estos días, el mero hecho de obligarme con antelación a saber si había disponibilidad de plaza para mí, ahora pasajero en silla de ruedas para ese trayecto en el día planeado, me había predispuesto malhumorado a la incredulidad sobre los cambios respecto a los límites de mi libertad de elección viajando en transportes públicos. Las facilidades y amabilidad de los servicios de asistencia para el embarque disponibles en la estación de origen y destino, la modorra meciéndome de mano del madrugón, algo de lectura obligada para la poca distracción que dan los túneles y el paisaje limitado por las paredes del cañón abierto en el terreno para poco más que el ancho de la vía, me habían hecho bajar la guardia para sopesar dónde y cómo me encontraba.

Acomodado ya, frente a mí se movía una mujer joven, madre, con cierto rictus de profunda tristeza atendiendo solícita a su bebé que presentaba signos de lo que se me figuró como acondroplasia. Al margen de ese aparente aire de tristeza, mantenía la típica actividad de los cuidados maternos en los viajes, cercada por infinitos objetos repartidos en innumerables y específicos bolsos, mantillas, baberos, cobertores… A mi izquierda, su carrito de bebé algo armatoste y de incomprensible plegado, hacía de perchero de otros bolsos y prendas junto a mi maleta.

Quizás el recuerdo de mi viaje de la infancia vino de la mano de esa escena de la merienda del bebé en el tren de hoy, tomando como yo entonces un yogur surgido de uno de tantos bolsos, sin pata de bruja alguna asomando cerca de la luna.

Una mujer sonriente abandonó entonces el vagón contiguo de cafetería y me percaté que el hombre con gafas que la seguía se apoyaba en su hombro con el ligero titubeo propio de los ciegos. Al transcurrir ambos por el pasillo, reconocí en unos asientos más adelante a unos padres que acompañaban a su hijo y que habían aguardado junto a mí en la estación de Madrid, en espera de los servicios de atención para el embarque. Encorvado, apenas sin cabello, caminando con la ayuda de dos bastones, reconocí en el muchacho de poco más de veinte años el color cerúleo que deja la quimioterapia y su conocido peso venciendo el brillo de la mirada.

Aburrido, casi adormilado, una lucecita sorprendió las telarañas de mi frente y caí entonces en la cuenta de la singular concentración de gente “deteriorada”, a ojos del común, que se reunía en aquel vagón. Sólo en ese momento me percaté de la anormal distancia que poco antes debí recorrer para verme dentro de aquel coche, casi al final del tren, y que para subir tuve que hacerlo por la rampa sobre la única puerta que mostraba el anagrama de accesibilidad. En todo el convoy no había otro vagón para ese recurso. Alguien, en algún lugar, siguiendo un designio de concentración de lo inclasificable, agrupa en cada tren lo que puede entender como calamidades humanas, decidiendo que lo óptimo es concentrar la diferencia en lo simple de un único vagón, en el vagón de cola, o casi en el vagón de cola. Un vagón singular y especializado en la diferencia, pero con la discreción de ir sujeto a los demás al final, sin repartir ni mezclar su contenido por el convoy. Y así, casi de un lúcido puntapié en el culo regresé a la evidencia de que, pasados los años, los cambios son poco menos que anécdotas, maquillajes lustrando las feas y férreas barreras de siempre. Nada nuevo bajo el sol.

Durante el trayecto, la puerta mecanizada que quedaba a mi espalda se fue averiando paulatinamente, abriéndose y cerrándose a su loco parecer. El interventor, que había montado su oficinilla móvil en uno de los asientos y que viajaba a mi izquierda toqueteando de continuo una Tablet que algo debía tener relacionado con su trabajo, para mi sorpresa vino a disculparse por este suceso que en momento alguno ni me había preocupado ni yo había censurado. Evidentemente, era más cosa suya, y por alguna razón se le figuró que también debía ser mía. Pareció tranquilizarse cuando me aseveró que ya había notificado el problema.

Luego todo regresó al aburrimiento adormecedor del traqueteo del viaje en el vagón de la diversidad. Lo curioso fue que la avería de la puerta, que seguía loca del todo, se extendió a la inmediata del aseo de “discapacitados”. Y esta fue la única protesta que se escuchó en el vagón de las calamidades: un inesperado, chirriante y ensordecedor avisador que dejó a todos embobados mirando el parpadeo de una luz roja junto al anagrama de accesibilidad y las letras WC del vagón. Ningún “discapacitado” pedía auxilio desde el WC, de modo que el interventor abrió la puerta de un golpe y la alarma calló.

Repartidos como gotas, para cuando llegué a Compostela ya éramos menos los del vagón. De regreso al anonimato de cada vida singular.

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Manifiesto de la VIII Marcha del FVID

por Juan José Maraña.

(Manifiesto para el Foro de Vida Independiente y Divertad, leído en Madrid el 13 de septiembre de 2014)

Desde 2007 volvemos a Madrid a rodar y caminar por Atocha, más desdibujada ya la huella de las ruedas, la suela de los zapatos y los tacos de los bastones. Nos acompaña el espacio cálido y la sombra animosa de queridas compañeras y compañeros ausentes, vanguardia de un ejército invisible, inerme y diezmado en una guerra sorda, de desgaste, en la que aburren nuestras vidas. A veces, para sujetar la ira viendo como por el camino se ausentan y suman compañeras y compañeros, casi nos echamos a cantar como si al lado viniera José “Zeca” Afonso, musitando Grândola, Vila morena. Pero la realidad es que entramos a la capital por dónde podemos, observados con distancia recelosa como es costumbre, y llegamos hasta aquí con la incertidumbre de no saber si somos vistos como el ejército de desarrapados de Espartaco, de esclavos libertos por sí mismos, o como una quinta columna que un día entendió que la equidad social y la dignidad podían ser norma de Estado, pero que ahora es examinada como la carcoma del sistema.

Constatamos en la mirada del otro el triunfo ignominioso de quienes se han aplicado, sin reparar en formas en tratarnos, en explicarnos a los demás como “los dependientes”, las rémoras perniciosas de una sociedad exhausta que sólo mira al horizonte del crecimiento, con anteojeras y rectificando mansamente sus pasos con el restallar el látigo del dinero sobre sus cabezas. Aun son pocos los que entienden que antaño ya hablábamos como un peligro, que era norma para nosotros, de ése desprecio a la justicia social y que desde 2008, bajo el tsunami de la crisis económica se ha extendido para todos. Para  casi todos. Constatan ahora, con lentitud, que insistiendo en esas miradas, en la malévola y estudiada semántica de la exclusión, todos quedan, quedarán tarde o temprano, atrapados en una mentira que deshace en migajas un pan que no sacia.

Venimos a Madrid para bajarnos del escenario de esa ópera bufa de los generales de siempre que nos dirigen como una tropilla con utillaje de hojalata y escudos de cartón que amparan y aguantan todo. No es verdad. El Estado y quienes le corean, mienten. Toda esta tramoya que muestra al patio de butacas, todo este vestuario, ya era indumentaria falsa entonces. Ahora, además, solo sirve para identificar al rebelde normativo, para perseguir a padres como forajidos y a sus hijos como proscritos en busca y captura por delito de diversidad funcional. Jóvenes, niños y niñas alambrados en territorios de reserva, los de la “especialidad educativa”, que ejemplifican la farsa de la maximización de los recursos, del más con menos y en otra habitación. En realidad es el adiestramiento del miedo, de la advertencia para los que miran de reojo, para los que vendrán; ejercicios para normalizar ver a la gente contra el muro, disuadir de hacer sombra bajo el sol del progreso que anuncian cada mañana. Contra el muro, seguiremos sin poder pagar en las farmacias, o tener los suministros que dan calor y mantienen pequeñas máquinas que nos reportan vida o dignidad mínima. El lugar en el muro no es nuestro; todos tienen allí un hueco para ver aplastada su dignidad contra él.

8vamarchauraldeEsta tropa viene maltrecha y no por la diversidad de sus cuerpos y sus mentes, sino por ver que pasan los años, la vida, y no nos cambian ni las vendas de viejas heridas ni los pertrechos para el camino. En esta octava Marcha, por no ser no somos ni parte del cuarto estado avanzando ni quinta columna entrando en Madrid. Sólo somos ciudadanos de tercera clase, mujeres y hombres en lucha por su dignidad y supervivencia, llamados permanentemente a rendir cuentas, pero también a reclamar nuestras soldadas. A pesar de muchos, estamos orgullosos y somos conscientes de ser parte y actores de un modelo social del que las instituciones políticas deberían sentirse gozosas. Nos afirmamos en que el sentido del Estado, si lo tiene, no es otro que el de acoger a toda la variación y diversidad humana que encierra y aflora en él, procurando espacio, dignidad y cuidados. Nos hastía ya la tarea de explicar miles de veces que un individuo es único y al tiempo la suma de otros; que compartimos lazos y tejidos invisibles que nos visten de razón y ley y nos entretejen con todos los que nos han traído hasta aquí a lo largo de la Historia: no solo somos marionetas de la capacidad, la competitividad, la productividad y la superación heroica… Ante todo somos comunidad, diversidad, sustantivos que deben estar en el preámbulo de cualquier acción de justicia social aceptable en pleno siglo XXI. De lo contrario, ¿quién demonios necesita un Estado que ahoga y se desentiende de su sustancia, de sus ciudadanos?

Llegar hasta aquí, ha sido posible merced a un primer gesto de tantos antaño, de otros y otras hoy  mismo. Muchas opciones de vida son posibles cuando ejemplifican que propiciar la autonomía y procurar cuidados son atributos de especie, no renta malgastada. Estamos aquí por muchas. Por muchos. Todos deberíais poder estar aquí en el futuro. Aun merced a la fuerza de ellas, de ellos, nos sentimos exhaustos cuando escuchamos que para nosotros hay leyes “inviables” y que nuestra suerte está ligada a lo que se pueda hacer, a la voluntariedad o al albur de lo que dejen los bancos y su ganado en los abrevaderos. No cuadran nuestras cuentas con la incapacidad de sumar de este modelo de Estado. Por eso, a similitud de algún militar que dijo regalar un reino a España, hacemos suma y sigue de nuestro saldo para el uso y gasto que hemos dado a esas leyes inviables, el regalo de reino de igualdad social que venimos haciendo y representamos. Sumen por si es poco. Por montañas de pañales usados retirados con limpieza y dignidad, millones de euros; por salarios de miseria de las mujeres apartadas sin futuro del mercado laboral, millones de euros; por profesionales y terapias que mantenían resistencia vital, millones de euros; por atisbar la independencia y la autonomía física y moral, millones de euros;  por guantes perfumados para mitigar el hedor de pasar páginas donde campea la corrupción asistida por el estado, millones de euros; y, finalmente, por la paciencia de no cruzar la cara a todos cuantos se han comido este país a dentelladas con el babero de la ley, el impagable valor en diamantes de demasiadas vidas menoscabadas en dignidad y respeto. El mismo que han perdido a este Estado y sus gobiernos.

¡Nada Sobre Nosotras-os Sin Nosotras-os!

Foro de Vida Independiente y Divertad, septiembre de 2014.

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Fotografando a vida

por Juan José Maraña.

Mari Morado, una compañera del “Grupo Diversidade Funcional de Ferrol e Comarcas”, me pedía días atrás que si lo deseaba aportase algunas palabras para el acto de entrega de premios del concurso fotográfico de 2014, “Fotografando a vida”.
Así, siendo uno de esos individuos totalmente incapaces de entender el uso de una máquina fotográfica más allá de que se ha de mirar por el visor y oprimir el disparador, además me veía en el trance de exhibirme como un bobo de gran calado que si tenía que hablar sobre esa arte sólo era para caer en la cuenta de la más recurrente analogía que se hace sobre la cualidad taumatúrgica de la fotografía: la de congelar el movimiento, la de atrapar en un paréntesis el vértigo del tiempo corriendo ante nosotros. Y a vueltas con esta idea simplona era fácil llegar a esa otra que se evidencia a vista de cualquier fotografía, la de que atrapar el movimiento no conlleva su disolución, que el movimiento y algo más queda aprehendido en ella y no se evapora y extingue como una nubecilla de vapor, blanquecina, contorsionándose para reducirse a lo más en unas gotas de agua. Cada fotografía es un extraño fragmento vibrante, una porción de pálpito, el segmento de una cinta de vida con volumen de luz y sombras.

Me vino así a la memoria que cuando era joven, accidentalmente, pude ver una película que lleva por título una palabra casi impronunciable: Koyaanisqatsi, Life Out of Balance, “la vida fuera de equilibro” (1), palabra que posteriormente he podido averiguar que procede del dialecto de los hopi, una tribu norteamericana que habitó la meseta central de los actuales EE.UU.
El realizador de ese documental (Godfrey Reggio), reflexionaba sobre su trabajo diciendo:

“¡Koyaanisqatsi intenta revelar la belleza de la bestia! Generalmente percibimos nuestro mundo, nuestro estilo de vida, como algo tan hermoso porque no hay otra cosa que percibir.
Si uno vive en este mundo, el mundo globalizado de la alta tecnología, lo único que uno podrá ver es un colchón de comodidad sobre otro. En nuestro mundo lo “original” es la proliferación de lo estandarizado. Las copias son copias de copias. Parece no haber habilidad para ver más allá, para ver que nos encapsulamos en un ambiente artificial que reemplazó al original, a la naturaleza misma.
Nosotros no vivimos ya con la naturaleza. Vivimos sobre ella. Fuera de ella.”

Seguramente en la infancia, muchos de nosotros hemos atrapado al vuelo algún insecto. Esa cargante mosca de verano a la que hemos encarcelado en la cuenca de nuestras manos, con los dedos firmemente apretados para evitar su fuga. Y tanto si aleteaba como si permanecía inmóvil, expectante, hemos percibido el “movimiento interior”, latente, la vida atrapada en esa improvisada bóveda artificial hecha para nuestro reo zumbón. Hemos sido conscientes de retener la vida, contenida sin resquicio entre nuestros dedos transformados en puertas cerradas al aire y la luz. Hemos alterado también los equilibrios, después de todo. Quizás vino de ahí mi recuerdo sobre ese documental, inducido por la idea de que las fotografías que llevan o atraen la mirada hacia o desde la discapacidad contienen una porción de “Koyaanisqatsi”; poseen, aunque no lo quieran, alguna porción heredada de “vida fuera de equilibrio”, y aun así, vida vibrátil, aleteante. Vida forzada en algún momento a quedar en los márgenes de la estabilidad natural que le corresponde.

Si miro de reojo las palabras del realizador de la película, es casi inevitable preguntarme ¿cuándo y porqué, nosotros, las personas con diversidad funcional, nos movimos o fuimos desplazados de nuestro eje de equilibrio con la naturaleza?, ¿y cuál y cómo era nuestro original, ese que se ha desviado copia tras copia copiada, hasta dejarnos abandonados en la cuneta del desequilibrio, en esa vida Koyaanisqatsi? No hay una respuesta clara. Pero hay quien pensó, piensa aún, que en verdad nunca nos movimos ni movieron. Que somos, per se, una tropa de desequilibrados, sin más, y que eso nos define. Para todos ellos somos, entre los buenos ejemplos de lo inestable, de lo mejorcito. Y eso a pesar de que nos miran con ojo abultado, como de pez, no cayendo en la cuenta de que quizás en algún remoto pasado tuvimos un “original” formando parte también del mismo conjunto armónico y equilibrado desde el que se nos sopesa, allí donde todo era genuino y naturalizado. Quizás en algún momento la discapacidad estuvo asimilada en la diversidad que da cuerpo a la naturaleza y la equilibra.

A pesar de todo, de ese mal ser vistos, mal mirados en ese mundo requetecopiado y que va dando tumbos, sólo se nos verá como moscas insignificantes salvo que nos lo propongamos como tarea, tal que como en un concurso fotográfico como este, traer con nosotros nuestra imagen y nuestra perspectiva, y con estas la vibración de vida cogida al vuelo, troceada y suspensa. Si la mirada de la discapacidad fuera la del obturador de una cámara, caja de luz que gira en torno a un mundo que dicen que no es el nuestro a fuerza de tenernos como una peonza satélite, casi pareciera que estamos obligados a mirar en direcciones opuestas: hacia nosotros mismos y hacia esas copias del mundo, hacia esa vida fuera de equilibrio en torno a la que venimos zumbando como moscas atrapadas en el espacio de unas manos.

Quizás la rapidez de un disparo, el encuadre oportuno, nos ayude a situar nuestra imagen en esa naturaleza inestable y contribuir con nuestros segmentos de vida a contrapesar, a ser bultos constantes en pos de equilibrios que traigan más armonía, algo menos de Koyaanisqatsi.

Después de todo, en ese mundo de instantáneas, quien no esta en la foto no existe.

Tomonde, diciembre de 2014.

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De cómo esquivar al ‘Sasquatch’

(Seminario “Homosexualidad y Discapacidad”, – Mesa: (Des)montando la (dis)capacidad. Badajoz, 12 de noviembre de 2005)

Por Juan José Maraña.

De manera convencional se entiende que el denominado Movimiento de Vida Independiente se conformó a partir de los años sesenta en los EE.UU., Reino Unido y países nórdicos como consecuencia de los intensos cambios sociales y políticos en los que en ese periodo confluyeron muchas sociedades occidentales.

En el contexto de las personas con diversidad funcional (1),las reformas en instituciones vinculadas a personas con dificultades de aprendizaje, la dramática demanda de los derechos civiles de las minorías étnicas en EE.UU. o Sudáfrica, concurrieron con las teorías sobre la ‘normalización’ (2), y la valorización social (3) provenientes de Europa del norte, la eficiencia de modelos de autoayuda de algunos colectivos sociales (Alcohólicos Anónimos), la elaboración del paradigma que contrapone el modelo de Vida Independiente (4) al imperante aún ahora sobre una atención coercitiva arraigada en patrones médico-rehabilitadores y la argumentación del modelo social de la discapacidad establecida por sociólogos británicos de formación marxista (5) .

Desde esta confluencia teórica y de activismo, los senderos de análisis que se configuran convienen al menos en que la identidad social de las personas con diversidad funcional está caracterizada no por su limitación o distinción biológica sino por su alienación en la organización social de la que en términos históricos y económicos sólo obtienen un continuo flujo de opresión (evidente en la inaccesibilidad a los recursos, la reclusión, la segregación sistemática o el exterminio, como expresión brutal última). De modo concluyente, es el llamado modelo social de la discapacidad el que demanda que sea el sistema social y  económico el que debe transformarse adoptando patrones inclusivos, no condicionando a los individuos objeto de su segregación a extenuarse, por demás, en el ascenso de la fuerte pendiente de la pirámide de la desigualdad.

En los últimos treinta años se han perfilado (cuando menos impulsadas por las propias personas con diversidad funcional), algunas de las perspectivas que exploran los fundamentos estructurales de la opresión histórica, ancestral, mantenida por la mayoría social hacia este colectivo.

Constituyen vías de conocimiento que tratan de ahondar, también, en el sesgo con el que, exógenamente, ha sido valorada nuestra sexualidad, asimilada sólo bajo el control de la llamada ‘industria de la discapacidad’ (6) y sus profesionales (sanitarios, psicólogos, sexólogos, etc.). En este ámbito, como en casi todos, ‘la voz y la experiencia de las personas con discapacidad están ausentes en casi todos los casos. Al igual que en otros campos, a las personas con discapacidad se les desplaza como sujetos, y se les fetichiza como objetos. Predomina un modelo de tragedia médica, que define a las personas con discapacidad por la idea del déficit, y la sexualidad, o no es un problema, porque no es un tema, o es un tema, porque se considera que constituye un problema’ (7)

Frame 352 from the film, alleged to depict a f...

Frame 352 from the film, alleged to depict a female “Bigfoot” mid-stride. (Photo credit: Wikipedia)

La huella del Sasquatch.

Desde hace muchos años en nuestro país, pero de modo más ostensible en los tiempos recientes, muchos hombres y mujeres han decidido emprender el camino de vivir su condición homosexual, entre otras perspectivas, como un modo satisfactorio de convivencia al tiempo que de intercambio de placer sexual sin determinación reproductiva no deseada, comenzando así a desasirse de las ligaduras de la ‘anormalidad’, de la valoración como potencia expansiva del SIDA o de ser asimilada con algún género de la degradación moral individual o colectiva, tomando distancia del punto de mira de los variados procedimientos de laceración o segregación social. Quizás una de sus contribuciones al sentido del respeto colectivo, parejo a su particular andadura, sea, entre otros, el de devolvernos la imagen refleja de seres más libres, poseedores de una vida sexual más amplia que la que la mayoría se tolera a sí misma, una mejor vida que la que la represión ha tallado en nuestras mentes por obra del cincel de la instrucción y el condicionamiento de la desaprobación parental, de la condena social o de la culpabilidad emanante de la cultura religiosa.

Sin embargo, para muchas personas con diversidad funcional de condición homosexual, aún es más difícil confluir en ese camino, máxime cuando en los márgenes de éste se hace ostensible la huella del Sasquatch.

El Sasquatch (8), el Yeti, el Bigfoot representa no sólo un ser objeto de estudio de la criptozoología sino que también es ese ominoso pariente que aparece y desaparece en nuestro camino, en la línea del tiempo de nuestra cultura y que casi con toda seguridad fue quien nos hizo huir a nosotros, las personas con diversidad funcional, despavoridos, obligándonos a seguir el camino ocultos entre la maleza; el mismo ser que en un remoto pasado ha desmigado ante nuestro rostro nuestra sexualidad para que la devorásemos; nuestra auto-imagen reducida a migas de pan para gorriones que hemos engullido desde antaño, y con ellas, hemos tragado y asimilado la desconfianza sexual hacia nosotros –centrada en los patrones dominantes de belleza–, la impotencia, el miedo y la dependencia que los demás han urdido alrededor nuestro.

También es obra reprobable del Sasquatch la malévola oportunidad en la que trasladó a nuestra especie la didáctica del Poder, la tan actualmente valorada agresividad competencial capaz de trascender los géneros y que durante siglos viene sepultando –literalmente– a mujeres, homosexuales, lesbianas y el subgénero de las personas con diversidad funcional. Es él el que también parece haber establecido un correlato entre los estereotipos sexistas aplicados a las mujeres y los prejuicios hacia las personas con diversidad funcional en orden a identificarnos con la pasividad sexual que la cultura machista sobreentiende en ellas, extrapolándola hasta sintetizarnos y asimilarnos por iguales como dependientes, débiles y vulnerables (9). La ‘normalización’ heterosexual parece haber inoculado sus estereotipos sobre la mujer como un valor que incluso la comunidad gaylésbica acepta y traslada sobre nosotros, de tal manera que a fin de cuentas poseemos tanto fuera como dentro de ella una idéntica valoración: la más devaluada de las imágenes de la sexualidad humana en los cuerpos más asexuados que, en el mejor de los casos, son asignados a una incomprensible categoría de infragéneros. ¿Qué respuesta social mayoritaria obtendríamos frente a la imagen pública de personas con diversidad funcional del mismo sexo manifestando abiertamente su amor o manteniendo relaciones sexuales…? Con probabilidad el tamiz no podría hacer nada con el calibre de todo el prejuicio y el estereotipo dominante en esa imagen; son los mismos gruesos granos que nos mantienen confinados en patrones de infantilidad y pasividad próximos a los que se reconocen en los niños y ancianos. El patrón de aceptación que la cultura gay-lésbica nos aplica también parece estar sobrecogido por el mismo pisotón del Sasquatch, ese que ha impreso una representación cultural nuestra en la que sólo se muestra, refuerza y aún se subrayan todas las percepciones negativas que se han desarrollado en torno a nosotros. Sólo podemos ser hombres y en la entrepierna no tenemos sexo sino un signo de interrogación. Para la sociedad normalizada la idea de las personas con diversidad funcional se corresponden con el arquetipo de un hombre joven, de piel blanca y usuario de silla de ruedas (10). En el mejor de los casos nos representan en su universo heterosexual sólo como individuos sin género femenino, tan valerosos, tan visual y occidentalmente ‘aceptables’, como trágicos, dolientes e impotentes fueron los personajes encarnados por John Voight o Tom Cruise (11). Y así, masculinidad, discapacidad, carencia, impotencia –o insuficiencia sexual–, se extienden como estereotipos concatenados, como eslabones que se entrelazan y prolongan en el universo del prejuicio para, paradójicamente, dibujar la antítesis de todo lo masculino y finalmente desparecer, sin más, provocando otra oquedad más en el tablero de nuestras relaciones sociales fundamentales. Quizás por eso no existen las personas con diversidad funcional homosexuales. No son visiones aceptables; el ojo del Gran Hermano ‘normalizador’ adolece ya de una fuerte presbicia cultural para enfocarnos per se y de un campo visual ciego de patología histérica si estas se mostraran fuera de un encuadre heterosexual.

¡La diversidad es buena!

La ideología del Sasquatch no sólo ha deshecho nuestras identidades sexuales, como quiera que las pudiéramos concebir, sino que ha conformado nuestra identidad social en los márgenes de su estrecha comprensión, en la que nos sofoca como seres dependientes, perpetuos superadores de toda clase de obstáculos, cansinos paralímpicos anhelando participar de un mundo en graciable, costosa y permanente reforma y contrarreforma a causa nuestra. Una ideología que en su liberalidad hace que la sociedad normalizada, en el mejor de los casos, conciba nuestras relaciones sexuales como un suceso necesariamente planificable, una orientación formativa patrocinada por criterios de salud, de naturalidad emocional, que conducen al tedio de quien, las más de las veces no desea ir más allá de un «polvo rápido» de fin de semana; la misma eventualidad ante la que es probable que sucumba nuestro instructor un viernes noche tras concluir uno de tantos cursos sobre sexualidad y discapacidad que motean  nuestro currículo hacia la inserción social.

Quizás esta ideología de la dominación y el control proviene de una antigua, una remota infiltración de testosterona social en el sustrato primario del que se alimenta la sociedad capitalista, afectando a la mayor parte de las formas en las que hombres y mujeres con diversidad funcional han vivido o sufrido su sexualidad. El éxito competitivo de la ideología del Sasquatch, soterrada pero implacable, quizás se inició simplemente tras evaluar las ventajas que reportan una musculatura y una altura más eficientes y en la cadena de especializaciones evolutivas que nos han llevado a una psicosis androcéntrica de los modelos sociales, cimentada en el miedo y el control de los procesos productivos y tecnológicos. En alguna medida se trata de la misma ideología que encuentra afinidad con la ética de la perfectibilidad del cuerpo, la invencibilidad, la masculinidad y la belleza física con relación a la potencia, la dominación sexual y la violencia… Toda una panoplia de la opresión que se aplica a las personas con diversidad funcional homosexuales llevándolas a manifestarse como una minoría marginada dentro de un grupo minoritario, también oprimido, desde el que se les aboca a una mayor ocultación social de su condición sexual.

Quizás buena parte de esta situación sea debida a que nuestra identidad como grupo excluido esta tan atrofiada como las percepciones de nuestras opciones sexuales para el común de la sociedad, a causa del control y la injerencia de la sociedad normalizadora. Lo más semejante a la celebración de nuestro ‘día del orgullo de la diversidad funcional’ tuvo la insípida designación de una resolución administrativa (12) de Naciones Unidas, muy lejos de la lamentable pero orgullosa remembranza de los sucesos del ‘Stonewall Inn’(13)

En esta línea, una estrategia coincidente y favorecedora para el Movimiento de Vida Independiente es la que trata de vigorizar en los individuos un modelo social en el que se contemple la diversidad funcional como un suceso normal a la vida, enorgullecernos de desasirnos de nuestra identificación como problema social, de blindarnos frente a los comportamientos de barrera que otros individuos proyectan sobre nosotros, en negar la desvalorización frente al modelo del cuerpo ideal que la norma nos aplica y no cumplimos, librarnos del oscurantismo religioso que nos identifica con la expiación de los pecados o la prueba divina… Enorgullecernos de identificar frente a la ‘norma’ nuestras necesidades físicas, psicológicas, intelectuales, sociales y económicas.

Un prerrequisito del movimiento de liberación gay-lésbico fue redefinir la identidad colectiva tomando la exclusión como positiva. «Orgullo gay», «Gay es bueno» fueron eslóganes que dieron valores positivos a la propia identidad. El desarrollo de una política que reconozca la identidad es un primer paso en la politización de la resistencia de grupos oprimidos… El reconocimiento de la identidad es el resultado y el significado de la política liberadora, identidad es un término de lucha: una respuesta a la discriminación y al criterio de la norma. Identidad, en este sentido, significa conciencia de la historia común de explotación y opresión… ’dice Susanne Kappeler, y esto significa fortalecimiento a nivel grupal e individual.’(14)

Diversidad funcional y homosexualidad han compartido durante demasiado tiempo el mismo patrón de respuestas opresivas y alienantes que la sociedad occidental viene aplicando a cuantos se interponen a su sentido predador de la existencia. El golpe en la calleja oscura duele y humilla de igual modo que el manotazo del cuidador que nos tapa las narices para forzarnos a comer. La organización social del trabajo, aliada a la brutalidad competencial, el miedo sistemático, el mito y la leyenda, han empedrado el camino del Sasquatch con vidas incapacitadas por el sexismo, el racismo, la homofobia, la gerontofobia… Por eso una opción es la de abandonar la senda del Sasquatch. Para hallar la nuestra. Después de todo el Sasquatch no es sino otra construcción social del miedo.

El riesgo, ciertamente, es mirarnos el ombligo hasta ser sustraídos por su poder hipnótico, absorbidos por él como un agujero negro más, el riesgo a enquistarnos en nosotros mismos, en nuestra necesidad afirmativa, de identidad. Y sin embrago, parece obligado que debemos empezar así a desbrozar nuestra presencia, a centrarnos en nosotros mismos y a dejar de mirar la barahúnda de dedos indicadores que todos alzan, incluso cuando señalan nuestro sexo; ‘ debemos contrarrestar esos discursos dominantes sobre la sexualidad de las personas con discapacidad en los que se acentúa la carencia y la limitación, y desarrollar nuevas explicaciones que se basen en la experiencia subjetiva de las personas con discapacidad. Debemos recordar que el poder es una característica de las relaciones entre los sujetos, y hay varias jerarquías en donde las personas ocupan múltiples posiciones. Cuando entra en escena la discapacidad, las relaciones tradicionales de sexo, edad, sexualidad y poder pueden hacerse más complejas y diversas. Debemos dejar que las personas con discapacidad hablen por sí mismas, y debemos reconocer que lo que se necesita es el saber que otorga haber vivido esta experiencia, no los conocimientos técnicos de los profesionales’ (15)

Notas:

(1) A lo largo de este documento se ha optado por introducir esta denominación en detrimento de la de ‘personas con discapacidad’, como definición tácita establecida en el Foro de Vida Independiente, por entender que ofrece una visión más positivista y una representación cultural menos limitante de nuestro colectivo social.

(2) Wolfensberger, 1983.

(3) Nirje, 1985.

(4) DeJong, 1979.

(5) Mike Oliver, V. Finkelstein, T. Shakespeare y otros.

(6) Gary L. Albrecht, 1992, Tom Shakespeare, 1998.

(7) Tom Shakespeare, ‘Poder y prejuicio: los temas de género, sexualidad y discapacidad’. (Incluido en la compilación de Len Barton, ‘Discapacidad y Sociedad’, Fundación Paideia-Ediciones Morata, Madrid, 1998).

(8) Nombre con el que los nativos de la región del noreste canadiense del Yukón (Canadá) se refieren a un legendario y misterioso ser de gran tamaño, peludo, huidizo, semejante en su descripción a un ramapithecus, del que no se tiene constancia científica alguna y que sólo es motivo de estudio de la criptozoología.

(9) M. Oliver, T. Shakespeare.

(10) Tom Shakespeare.

(11) La referencia a estos actores norteamericanos está en relación a los personajes que representan en las películas ‘El Regreso’, 1987, y ‘Nacido el 4 de julio’, 1989, respectivamente, de personas con diversidad funcional adquirida a causa de la guerra de Vietnam.

(12) En 1992, al término del Decenio de las Naciones Unidas para los Impedidos (1983-1992), la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó el día 3 de diciembre ‘Día Internacional de los Impedidos’ (resolución 47/3).

(13) Nombre del bar neoyorquino, de concurrencia gay, en el que el 28 de junio de 1969 una redada policial y la resistencia a algunas detenciones, derivó en enfrentamientos en los que varias personas homosexuales resultaron muertas. Desde entonces en esta fecha, en todo el mundo, se celebra el Día del Orgullo Gay en recuerdo de las víctimas de aquel día.

(14)‘Fortalecimiento Social y no violencia’, artículo de Andreas Speck, publicado en ‘Peace News For Nonviolent Revolution’, Nº 2439 (Junio-Agosto de 2000).

(15) Tom Shakespeare, ob. cit.

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El ojo del Dodo

Por Juan José Maraña

–Lo que me proponía manifestar –siguió el Dodo en tono ofendido es que la mejor manera de secarnos sería una carrera en comité.
–¿Qué es eso de una carrera en comité? –preguntó Alicia, y no porque tuviera muchas ganas de saberlo, sino porque el Dodo había hecho una pausa, como dando a entender que esperaba que alguien dijera algo y no parecía que nadie fuera a hacerlo.
–¡Vaya! Dijo el Dodo. –La mejor manera de explicarlo sería haciéndolo.
(Y como probablemente habrá entre vosotros quien también quiera hacerlo, algún día de invierno, os voy a contar cómo se las arregló el Dodo.)
Lo primero que hizo fue trazar una pista para la carrera, más o menos en círculo («la forma exacta no importa demasiado», dijo) y luego todo el grupo se fue situando por aquí y allá. Nadie dio la salida con el consabido «¡A la una, a las dos, a las tres! ¡Ya!», sino que cada uno empezó a correr cuando quiso, de forma que resultaba algo difícil saber cuándo iba a terminar la carrera. Sin embargo, después de haber estado corriendo como una media hora, y estando ya todos bien secos, el Dodo exclamó súbitamente:
–¡Se acabó la carrera, y todos se agruparon ansiosamente en su derredor,  jadeando y preguntando a porfía:
–¿Pero quién ha ganado?
No parecía que el Dodo pudiera contestar a esta pregunta sin entretenerse antes en muchas cavilaciones; y estuvo así durante mucho tiempo, con un dedo puesto sobre la frente (algo así como el Shakespeare que vemos en los retratos), mientras el resto aguardaba en silencio. Al fin el Dodo sentenció:
Todos hemos ganado, y todos recibiremos sendos premios.

El jardinero accidental

Hace tiempo leí que los ginkgos, una suerte de acacia primitiva, son extraordinariamente longevos pero que en Isla Mauricio, donde antaño medraban, ya no brotan nuevos ejemplares. La causa vincula la ingesta de semillas de ginkgo (y también las del llamado tambalacoque) con su escarificación a cuenta de navegar por el aparato digestivo de un ave. Una vez deteriorado su revestimiento exterior en ese viaje y excretadas las simientes que mal librasen de la digestión, éstas germinaban con más éxito en el aleatorio reparto de sus deposiciones por la isla. Es decir, se establecía un sucio trato más entre el mundo vegetal y el animal, un equilibrio de dependencia ecológica que satisfacía el natural apetito de un bicho y la escatológica porfía de un árbol capaz de perdurar cientos de años, aun obligado para ello a descender con el sinuoso vaivén del tracto intestinal, como un Dante vegetal, al inframundo de las heces. El predador de la apestosa semilla de ginkgo, el jardinero accidental del tambalacoque, no era otro que el extinto Dodo, el “estúpido inepto” (Didus ineptus), un gordinflón palomo que poblaba la isla Mauricio sin haber tenido trato con humanos hasta que los holandeses, merced a su Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, en el siglo XVI, decidieron recalar allí e incluso hacer vegetar hombres construyendo una prisión. A rebufo del comercio de especias y a tan execrable cultivo de seres humanos, les acompañaba la natural cohorte de ratas, cerdos, gato, golosos consumidores todos de huevos, sin menosprecio de los del ingenuo Dodo.

dodo

dodo (Photo credit: kevinzim)

La merma de dodos provocada por la cataclísmica invasión biológica y la destrucción de sus bosques no fue menos brutal que la fácil cacería a golpes de los descubridores portugueses o los bastonazos de rubicunda factura holandesa con los que extinguieron a esta especie en menos de ciento y pico de años. Alimento facilón de un ave atónita para bárbaros holgazanes en tránsito sobre sus mares de codicia. Y es así, a tiempo pasado, sopesada la melancolía de observar crecer los claros en las frondas de isla Mauricio, cuando se revela que el pájaro inepto, el estúpido Dodo , resultaba ser el discreto guardián de la llave de los bosques de ginkgo y tambalocoque.

Se me figura mirando su cabeza que su expresión taciturna registró en el brillo y la redondez de su pupila tenaz –descarada, a decir de la expresión de los grabados de la época y un ejemplar disecado en algún museo-, la silueta de cada hombre que se irguió henchido de perspicacia, de discernimiento, frente al tonto… Seguro que casi podría verse en ella, indeleblemente impresa, la instantánea, la fotografía del sagaz, del capaz, la expresión del bruto atrapado en la pupila del Dodo momentos antes de que alzara el palo que de inmediato hundiría en su cabeza de un golpe. En el doblez, en el plegamiento del tiempo, con el ruido de los huesos rotos, es ahora cuando se escucha la sorda y melancólica campanilla que tañe cada árbol que no brotará por aquellos mazazos, registrados en el ojo de cada Dodo.

Esta historia me sugería imprecisas y terribles similitudes entre las personas con diversidad funcional y el malogrado Dodo. Unos quizás por ser considerados socialmente seres menguados en no sé qué capacidad que les resta humanidad, y otros por ser apelados como tontos hasta en latín; ambos con morfología razonada como disminución; los dos sin trato con el mundo de los hombres, bien por insularidad unos allí donde África ya pierde el nombre, como por exclusión de su universo los otros; ambos forzados por la ignorancia y la desidia codiciosa de lo inmediato, a desvitalizar la diversidad del mundo conocido…

La analogía también se me figura en que evolutivamente considerado, dicen del Dodo que estaba irremediablemente ubicado en el futuro de lo vulnerable por ser como estaba: en el tránsito de perder sus alas, incapaces ya de elevarle y menos aún suspender en el aire sus veintitantos kilos de carne de palomo bobalicón. La fragilidad, la vulnerabilidad erigida como pedestal del miedo sobre el que alzan a este pájaro quienes entienden que fue sorprendido en la línea de un tránsito hacia otro estadio, tratan de hacer que le observemos como un desaventajado más, un inexorable cautivo del tiempo en un razonable matadero donde, dicen, era su déficit lo que auspició que viniera a engrosar el triste bestiario mítico de los desastres ecológicos, esos fracasos humanos que la historia exhibe como la marea devuelve la basura antaño arrojada al mar. La selección de las especies le llegó al Dodo con el rigor del bastonazo que le rompió el cráneo o con la bala que puso en fuga su último aliento, desinflándolo. La selección natural, con acento portugués o neerlandés, no propició en esta ocasión un giro del mecanismo que compondría una variante fenotípica, el orden esperado por algunos en la disposición de una nueva especie. El imperecedero puchero con verduras o la manteca para ungir asados y la brasa del horno, rompieron el continuum vital del inepto Dodo, un renglón de un cuento de Dios, o Darwin, sorprendidos ambos a manotazos por los prosaicos adalides del capitalismo europeo, tras arrebatar a uno la tinta y a otro la pluma y enmendarles la plana de la diversidad en sus almuerzos. De éstos quizás proviene la reflexión de que toda evolución no es sino un tránsito, un camino inseparable hacía cierta idea de perfección y no un estadio de plenitud, valorable como tal en su conjugación del presente, la tilde en el acento de la evolución en el mosaico de la diversidad y que en tanto no ha alcanzado la vereda hacia esa incierta perfección, está en riesgo justificado de ser trinchado…

Suspendida por el taxidermista o el dibujante, la mirada del ojo del Dodo parece que en lugar de otear su horizonte esperando la trasmutación de su especie estuvo más adiestrada enfocando el suelo inmediato, tragando semillas anhelantes de retornar al mundo raída su cubierta y por el oscuro balcón de su cloaca. Engullendo semillas de ginkgo o tambalocoque seguro que razonaba que su equilibrio estaba en su razón de ser percibido por el entorno, sin más, sin interés en pensarse un palomo distinto, tonto, inepto y sorprendido con el paso de la pata cambiada en mitad de un proceso evolutivo, defraudando a los taxónomos que lo imaginaban indexado en su correspondiente registro, igual de estúpido pero quizás más políticamente correcto si mudaba a pedestre sin más, azorados aun hoy al ver sus encanijadas alitas sin arte aeronáutica. Es el mismo contrapunto considerativo que se aplica a las personas con diversidad funcional. Seguro que el Dodo sabía que se es cuando se está y se está como se es, como una cuestión visceral, de tripas en movimiento, esas que propician una ecología posible valorando a todos y cada uno de los sutiles hilos del equilibrio en los que oscila y se balancea el mundo. Afortunadamente, en el alterado ecosistema de las sociedades humanas, ya hay territorios frescos y algo selváticos, recuperados, en los que la evolución social ha logrado que se tenga patente que la diversidad funcional y la identidad no tengan mucho que ver con la potencia y el mundo cifrado en ventajas y desaventajados, esa loca carrera que tanto gusta a quienes solo otean los horizontes de sus mercados, como aquellos holandeses errantes perdidos en la punta de África que con sus bichos y glotonería marinera, liquidaron una especie en el entretanto de andar a lo importante, llenar la bolsa de oro.

Correr, secarse y aun así, ganar.

Anteponer o anteponerse a la visibilidad, a la vista y consideración social –esa visión rotunda, en peso neto, con babas y a lo loco-, en el orden real y cotidiano de las personas con diversidad funcional, quizás tiene algo del zumbido de bastón holandés dirigiéndose a nuestras cabezas, de posición de negación de la diversidad en la ecología social que nos da carta de naturaleza como especie, de mirada que se escandaliza por las alas mínimas de un Dodo. Las más de las veces, las personas con diversidad funcional, perdidas por aisladas -confinadas en los archipiélagos sociales de la mirada inducida por la categoría y la medida profesional y administrativa-, como el Dodo en isla Mauricio para los naturalistas, sólo somos la visión de reojo del desdén de quienes habitualmente se fijan en el horizonte pero trazando una elipse al cruzar sobre nuestras cabezas. En ocasiones, cuando su atisbo trata de ser más horizontal, a lo más, aparecemos a sus ojos zambullidos en una charca de lágrimas, como esa en la que cae y empapa el Dodo de Alicia, y en la que no se hace pie. Y allí, manoteando sofocados en el desenvolvimiento cotidiano, somos actores accidentales en una comedia en la que los que se anteponen nos dan papel –con mayor o menor fundamento-, contentos, visibles al fin, interpretando un sainete cíclico, tedioso y cargante a lo largo de toda nuestra vida. Es similar, seguro que también, a la escena de perplejidad que debió interpretar el primer holandés asqueado de habichuelas con gorgojo tras desembarcar y quedar pasmado ante el primer Dodo que vio un humano, limitándose éste a parpadear cuando el otro ya tentaba a ciegas el palo más cercano.

Con el golpe fatal del holandés se elevó el alma del Dodo al edén de la mítica literaria, aunque para el mal alivio de volver al mundo, al de Alicia maravillada, y caer de una zambullida en la charca de sus saladas lágrimas. Quizás hay pocos escenarios tan deprimentes… Por eso se entiende que el otro exilio conocido del Dodo sea el escudo oficial de Isla Mauricio, aunque no sea más que por hacer el sarcasmo de equipararse, republicanamente, a los encrespados, estresados y artificiosos leones del blasón holandés.

Lewis Carroll's dodo

Lewis Carroll’s dodo (Photo credit: mwanasimba)

Esa charca salada vuelve a figurárseme análoga a los escenarios de las construcciones sociales erigidas para nosotros, personas con diversidad con diversidad funcional, donde nos cercan y granjerizan, incluso en el pienso que distribuyen para nutrir nuestras mentes, como si solo fuéramos Dodos ineptos y confiados, en tránsito en una evolución de la que saldremos mejores… La visibilidad de las personas con diversidad funcional casi siempre se escenifica en el bosque de Alicia. Allí nos muestran como al Dodo inepto ensopado en lágrimas para, desde la orilla, teorizar sobre lamentos y tristeza, superación y técnicas de natación posible siendo quienes son los de las alitas discapacitadas; teorizar mientras nos mojamos sobre la salinidad, acidez y densidad del medio que produjo el berrinche de Alicia.

Afortunadamente, creo que es el propio Dodo quien restablece el orden que le es propicio y necesario: abandonar la charca de lágrimas de la compungida Alicia y organizar en el modo y manera que deseen los que allí están, una desigual y alocada marcha liberadora. Una galopada contra la humedad compasiva que no le ayuda ni comparte y que enmohece y desluce su plumaje; una carrera de pájaro que, a pesar del latinajo que le describe, piensa, y lo hace hasta en el detalle de que viniendo de Isla Mauricio, habiendo fijado su pupila en la de los seres humanos, no hay otro remedio que salir de la charca lastimera rodando o correteando –fastidiando la escenografía de los teóricos de la orilla-, airearse y desprenderse de la sal de las lágrimas ajenas, para quedar seco  y concluir que todos los que se encharcaron después de venir de la isla, y él sobre todo, ganan en esa carrera.

Tomonde, 19 de octubre de 2011.


CARROLL, Lewis, “Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas”, 1865. (Alice’s Adventures in Wonderland), fragmento del Capítulo III: Una carrera en comité y una historia con cola.

Del portugués doudo o doido –estúpido-, o del neerlandés dodoor –holgazán (en http://es.wikipedia.org/wiki/Dodo)

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