Archivo mensual: diciembre 2014

Manifiesto de la VIII Marcha del FVID

por Juan José Maraña.

(Manifiesto para el Foro de Vida Independiente y Divertad, leído en Madrid el 13 de septiembre de 2014)

Desde 2007 volvemos a Madrid a rodar y caminar por Atocha, más desdibujada ya la huella de las ruedas, la suela de los zapatos y los tacos de los bastones. Nos acompaña el espacio cálido y la sombra animosa de queridas compañeras y compañeros ausentes, vanguardia de un ejército invisible, inerme y diezmado en una guerra sorda, de desgaste, en la que aburren nuestras vidas. A veces, para sujetar la ira viendo como por el camino se ausentan y suman compañeras y compañeros, casi nos echamos a cantar como si al lado viniera José “Zeca” Afonso, musitando Grândola, Vila morena. Pero la realidad es que entramos a la capital por dónde podemos, observados con distancia recelosa como es costumbre, y llegamos hasta aquí con la incertidumbre de no saber si somos vistos como el ejército de desarrapados de Espartaco, de esclavos libertos por sí mismos, o como una quinta columna que un día entendió que la equidad social y la dignidad podían ser norma de Estado, pero que ahora es examinada como la carcoma del sistema.

Constatamos en la mirada del otro el triunfo ignominioso de quienes se han aplicado, sin reparar en formas en tratarnos, en explicarnos a los demás como “los dependientes”, las rémoras perniciosas de una sociedad exhausta que sólo mira al horizonte del crecimiento, con anteojeras y rectificando mansamente sus pasos con el restallar el látigo del dinero sobre sus cabezas. Aun son pocos los que entienden que antaño ya hablábamos como un peligro, que era norma para nosotros, de ése desprecio a la justicia social y que desde 2008, bajo el tsunami de la crisis económica se ha extendido para todos. Para  casi todos. Constatan ahora, con lentitud, que insistiendo en esas miradas, en la malévola y estudiada semántica de la exclusión, todos quedan, quedarán tarde o temprano, atrapados en una mentira que deshace en migajas un pan que no sacia.

Venimos a Madrid para bajarnos del escenario de esa ópera bufa de los generales de siempre que nos dirigen como una tropilla con utillaje de hojalata y escudos de cartón que amparan y aguantan todo. No es verdad. El Estado y quienes le corean, mienten. Toda esta tramoya que muestra al patio de butacas, todo este vestuario, ya era indumentaria falsa entonces. Ahora, además, solo sirve para identificar al rebelde normativo, para perseguir a padres como forajidos y a sus hijos como proscritos en busca y captura por delito de diversidad funcional. Jóvenes, niños y niñas alambrados en territorios de reserva, los de la “especialidad educativa”, que ejemplifican la farsa de la maximización de los recursos, del más con menos y en otra habitación. En realidad es el adiestramiento del miedo, de la advertencia para los que miran de reojo, para los que vendrán; ejercicios para normalizar ver a la gente contra el muro, disuadir de hacer sombra bajo el sol del progreso que anuncian cada mañana. Contra el muro, seguiremos sin poder pagar en las farmacias, o tener los suministros que dan calor y mantienen pequeñas máquinas que nos reportan vida o dignidad mínima. El lugar en el muro no es nuestro; todos tienen allí un hueco para ver aplastada su dignidad contra él.

8vamarchauraldeEsta tropa viene maltrecha y no por la diversidad de sus cuerpos y sus mentes, sino por ver que pasan los años, la vida, y no nos cambian ni las vendas de viejas heridas ni los pertrechos para el camino. En esta octava Marcha, por no ser no somos ni parte del cuarto estado avanzando ni quinta columna entrando en Madrid. Sólo somos ciudadanos de tercera clase, mujeres y hombres en lucha por su dignidad y supervivencia, llamados permanentemente a rendir cuentas, pero también a reclamar nuestras soldadas. A pesar de muchos, estamos orgullosos y somos conscientes de ser parte y actores de un modelo social del que las instituciones políticas deberían sentirse gozosas. Nos afirmamos en que el sentido del Estado, si lo tiene, no es otro que el de acoger a toda la variación y diversidad humana que encierra y aflora en él, procurando espacio, dignidad y cuidados. Nos hastía ya la tarea de explicar miles de veces que un individuo es único y al tiempo la suma de otros; que compartimos lazos y tejidos invisibles que nos visten de razón y ley y nos entretejen con todos los que nos han traído hasta aquí a lo largo de la Historia: no solo somos marionetas de la capacidad, la competitividad, la productividad y la superación heroica… Ante todo somos comunidad, diversidad, sustantivos que deben estar en el preámbulo de cualquier acción de justicia social aceptable en pleno siglo XXI. De lo contrario, ¿quién demonios necesita un Estado que ahoga y se desentiende de su sustancia, de sus ciudadanos?

Llegar hasta aquí, ha sido posible merced a un primer gesto de tantos antaño, de otros y otras hoy  mismo. Muchas opciones de vida son posibles cuando ejemplifican que propiciar la autonomía y procurar cuidados son atributos de especie, no renta malgastada. Estamos aquí por muchas. Por muchos. Todos deberíais poder estar aquí en el futuro. Aun merced a la fuerza de ellas, de ellos, nos sentimos exhaustos cuando escuchamos que para nosotros hay leyes “inviables” y que nuestra suerte está ligada a lo que se pueda hacer, a la voluntariedad o al albur de lo que dejen los bancos y su ganado en los abrevaderos. No cuadran nuestras cuentas con la incapacidad de sumar de este modelo de Estado. Por eso, a similitud de algún militar que dijo regalar un reino a España, hacemos suma y sigue de nuestro saldo para el uso y gasto que hemos dado a esas leyes inviables, el regalo de reino de igualdad social que venimos haciendo y representamos. Sumen por si es poco. Por montañas de pañales usados retirados con limpieza y dignidad, millones de euros; por salarios de miseria de las mujeres apartadas sin futuro del mercado laboral, millones de euros; por profesionales y terapias que mantenían resistencia vital, millones de euros; por atisbar la independencia y la autonomía física y moral, millones de euros;  por guantes perfumados para mitigar el hedor de pasar páginas donde campea la corrupción asistida por el estado, millones de euros; y, finalmente, por la paciencia de no cruzar la cara a todos cuantos se han comido este país a dentelladas con el babero de la ley, el impagable valor en diamantes de demasiadas vidas menoscabadas en dignidad y respeto. El mismo que han perdido a este Estado y sus gobiernos.

¡Nada Sobre Nosotras-os Sin Nosotras-os!

Foro de Vida Independiente y Divertad, septiembre de 2014.

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Fotografando a vida

por Juan José Maraña.

Mari Morado, una compañera del “Grupo Diversidade Funcional de Ferrol e Comarcas”, me pedía días atrás que si lo deseaba aportase algunas palabras para el acto de entrega de premios del concurso fotográfico de 2014, “Fotografando a vida”.
Así, siendo uno de esos individuos totalmente incapaces de entender el uso de una máquina fotográfica más allá de que se ha de mirar por el visor y oprimir el disparador, además me veía en el trance de exhibirme como un bobo de gran calado que si tenía que hablar sobre esa arte sólo era para caer en la cuenta de la más recurrente analogía que se hace sobre la cualidad taumatúrgica de la fotografía: la de congelar el movimiento, la de atrapar en un paréntesis el vértigo del tiempo corriendo ante nosotros. Y a vueltas con esta idea simplona era fácil llegar a esa otra que se evidencia a vista de cualquier fotografía, la de que atrapar el movimiento no conlleva su disolución, que el movimiento y algo más queda aprehendido en ella y no se evapora y extingue como una nubecilla de vapor, blanquecina, contorsionándose para reducirse a lo más en unas gotas de agua. Cada fotografía es un extraño fragmento vibrante, una porción de pálpito, el segmento de una cinta de vida con volumen de luz y sombras.

Me vino así a la memoria que cuando era joven, accidentalmente, pude ver una película que lleva por título una palabra casi impronunciable: Koyaanisqatsi, Life Out of Balance, “la vida fuera de equilibro” (1), palabra que posteriormente he podido averiguar que procede del dialecto de los hopi, una tribu norteamericana que habitó la meseta central de los actuales EE.UU.
El realizador de ese documental (Godfrey Reggio), reflexionaba sobre su trabajo diciendo:

“¡Koyaanisqatsi intenta revelar la belleza de la bestia! Generalmente percibimos nuestro mundo, nuestro estilo de vida, como algo tan hermoso porque no hay otra cosa que percibir.
Si uno vive en este mundo, el mundo globalizado de la alta tecnología, lo único que uno podrá ver es un colchón de comodidad sobre otro. En nuestro mundo lo “original” es la proliferación de lo estandarizado. Las copias son copias de copias. Parece no haber habilidad para ver más allá, para ver que nos encapsulamos en un ambiente artificial que reemplazó al original, a la naturaleza misma.
Nosotros no vivimos ya con la naturaleza. Vivimos sobre ella. Fuera de ella.”

Seguramente en la infancia, muchos de nosotros hemos atrapado al vuelo algún insecto. Esa cargante mosca de verano a la que hemos encarcelado en la cuenca de nuestras manos, con los dedos firmemente apretados para evitar su fuga. Y tanto si aleteaba como si permanecía inmóvil, expectante, hemos percibido el “movimiento interior”, latente, la vida atrapada en esa improvisada bóveda artificial hecha para nuestro reo zumbón. Hemos sido conscientes de retener la vida, contenida sin resquicio entre nuestros dedos transformados en puertas cerradas al aire y la luz. Hemos alterado también los equilibrios, después de todo. Quizás vino de ahí mi recuerdo sobre ese documental, inducido por la idea de que las fotografías que llevan o atraen la mirada hacia o desde la discapacidad contienen una porción de “Koyaanisqatsi”; poseen, aunque no lo quieran, alguna porción heredada de “vida fuera de equilibrio”, y aun así, vida vibrátil, aleteante. Vida forzada en algún momento a quedar en los márgenes de la estabilidad natural que le corresponde.

Si miro de reojo las palabras del realizador de la película, es casi inevitable preguntarme ¿cuándo y porqué, nosotros, las personas con diversidad funcional, nos movimos o fuimos desplazados de nuestro eje de equilibrio con la naturaleza?, ¿y cuál y cómo era nuestro original, ese que se ha desviado copia tras copia copiada, hasta dejarnos abandonados en la cuneta del desequilibrio, en esa vida Koyaanisqatsi? No hay una respuesta clara. Pero hay quien pensó, piensa aún, que en verdad nunca nos movimos ni movieron. Que somos, per se, una tropa de desequilibrados, sin más, y que eso nos define. Para todos ellos somos, entre los buenos ejemplos de lo inestable, de lo mejorcito. Y eso a pesar de que nos miran con ojo abultado, como de pez, no cayendo en la cuenta de que quizás en algún remoto pasado tuvimos un “original” formando parte también del mismo conjunto armónico y equilibrado desde el que se nos sopesa, allí donde todo era genuino y naturalizado. Quizás en algún momento la discapacidad estuvo asimilada en la diversidad que da cuerpo a la naturaleza y la equilibra.

A pesar de todo, de ese mal ser vistos, mal mirados en ese mundo requetecopiado y que va dando tumbos, sólo se nos verá como moscas insignificantes salvo que nos lo propongamos como tarea, tal que como en un concurso fotográfico como este, traer con nosotros nuestra imagen y nuestra perspectiva, y con estas la vibración de vida cogida al vuelo, troceada y suspensa. Si la mirada de la discapacidad fuera la del obturador de una cámara, caja de luz que gira en torno a un mundo que dicen que no es el nuestro a fuerza de tenernos como una peonza satélite, casi pareciera que estamos obligados a mirar en direcciones opuestas: hacia nosotros mismos y hacia esas copias del mundo, hacia esa vida fuera de equilibrio en torno a la que venimos zumbando como moscas atrapadas en el espacio de unas manos.

Quizás la rapidez de un disparo, el encuadre oportuno, nos ayude a situar nuestra imagen en esa naturaleza inestable y contribuir con nuestros segmentos de vida a contrapesar, a ser bultos constantes en pos de equilibrios que traigan más armonía, algo menos de Koyaanisqatsi.

Después de todo, en ese mundo de instantáneas, quien no esta en la foto no existe.

Tomonde, diciembre de 2014.

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