Fotografando a vida

por Juan José Maraña.

Mari Morado, una compañera del “Grupo Diversidade Funcional de Ferrol e Comarcas”, me pedía días atrás que si lo deseaba aportase algunas palabras para el acto de entrega de premios del concurso fotográfico de 2014, “Fotografando a vida”.
Así, siendo uno de esos individuos totalmente incapaces de entender el uso de una máquina fotográfica más allá de que se ha de mirar por el visor y oprimir el disparador, además me veía en el trance de exhibirme como un bobo de gran calado que si tenía que hablar sobre esa arte sólo era para caer en la cuenta de la más recurrente analogía que se hace sobre la cualidad taumatúrgica de la fotografía: la de congelar el movimiento, la de atrapar en un paréntesis el vértigo del tiempo corriendo ante nosotros. Y a vueltas con esta idea simplona era fácil llegar a esa otra que se evidencia a vista de cualquier fotografía, la de que atrapar el movimiento no conlleva su disolución, que el movimiento y algo más queda aprehendido en ella y no se evapora y extingue como una nubecilla de vapor, blanquecina, contorsionándose para reducirse a lo más en unas gotas de agua. Cada fotografía es un extraño fragmento vibrante, una porción de pálpito, el segmento de una cinta de vida con volumen de luz y sombras.

Me vino así a la memoria que cuando era joven, accidentalmente, pude ver una película que lleva por título una palabra casi impronunciable: Koyaanisqatsi, Life Out of Balance, “la vida fuera de equilibro” (1), palabra que posteriormente he podido averiguar que procede del dialecto de los hopi, una tribu norteamericana que habitó la meseta central de los actuales EE.UU.
El realizador de ese documental (Godfrey Reggio), reflexionaba sobre su trabajo diciendo:

“¡Koyaanisqatsi intenta revelar la belleza de la bestia! Generalmente percibimos nuestro mundo, nuestro estilo de vida, como algo tan hermoso porque no hay otra cosa que percibir.
Si uno vive en este mundo, el mundo globalizado de la alta tecnología, lo único que uno podrá ver es un colchón de comodidad sobre otro. En nuestro mundo lo “original” es la proliferación de lo estandarizado. Las copias son copias de copias. Parece no haber habilidad para ver más allá, para ver que nos encapsulamos en un ambiente artificial que reemplazó al original, a la naturaleza misma.
Nosotros no vivimos ya con la naturaleza. Vivimos sobre ella. Fuera de ella.”

Seguramente en la infancia, muchos de nosotros hemos atrapado al vuelo algún insecto. Esa cargante mosca de verano a la que hemos encarcelado en la cuenca de nuestras manos, con los dedos firmemente apretados para evitar su fuga. Y tanto si aleteaba como si permanecía inmóvil, expectante, hemos percibido el “movimiento interior”, latente, la vida atrapada en esa improvisada bóveda artificial hecha para nuestro reo zumbón. Hemos sido conscientes de retener la vida, contenida sin resquicio entre nuestros dedos transformados en puertas cerradas al aire y la luz. Hemos alterado también los equilibrios, después de todo. Quizás vino de ahí mi recuerdo sobre ese documental, inducido por la idea de que las fotografías que llevan o atraen la mirada hacia o desde la discapacidad contienen una porción de “Koyaanisqatsi”; poseen, aunque no lo quieran, alguna porción heredada de “vida fuera de equilibrio”, y aun así, vida vibrátil, aleteante. Vida forzada en algún momento a quedar en los márgenes de la estabilidad natural que le corresponde.

Si miro de reojo las palabras del realizador de la película, es casi inevitable preguntarme ¿cuándo y porqué, nosotros, las personas con diversidad funcional, nos movimos o fuimos desplazados de nuestro eje de equilibrio con la naturaleza?, ¿y cuál y cómo era nuestro original, ese que se ha desviado copia tras copia copiada, hasta dejarnos abandonados en la cuneta del desequilibrio, en esa vida Koyaanisqatsi? No hay una respuesta clara. Pero hay quien pensó, piensa aún, que en verdad nunca nos movimos ni movieron. Que somos, per se, una tropa de desequilibrados, sin más, y que eso nos define. Para todos ellos somos, entre los buenos ejemplos de lo inestable, de lo mejorcito. Y eso a pesar de que nos miran con ojo abultado, como de pez, no cayendo en la cuenta de que quizás en algún remoto pasado tuvimos un “original” formando parte también del mismo conjunto armónico y equilibrado desde el que se nos sopesa, allí donde todo era genuino y naturalizado. Quizás en algún momento la discapacidad estuvo asimilada en la diversidad que da cuerpo a la naturaleza y la equilibra.

A pesar de todo, de ese mal ser vistos, mal mirados en ese mundo requetecopiado y que va dando tumbos, sólo se nos verá como moscas insignificantes salvo que nos lo propongamos como tarea, tal que como en un concurso fotográfico como este, traer con nosotros nuestra imagen y nuestra perspectiva, y con estas la vibración de vida cogida al vuelo, troceada y suspensa. Si la mirada de la discapacidad fuera la del obturador de una cámara, caja de luz que gira en torno a un mundo que dicen que no es el nuestro a fuerza de tenernos como una peonza satélite, casi pareciera que estamos obligados a mirar en direcciones opuestas: hacia nosotros mismos y hacia esas copias del mundo, hacia esa vida fuera de equilibrio en torno a la que venimos zumbando como moscas atrapadas en el espacio de unas manos.

Quizás la rapidez de un disparo, el encuadre oportuno, nos ayude a situar nuestra imagen en esa naturaleza inestable y contribuir con nuestros segmentos de vida a contrapesar, a ser bultos constantes en pos de equilibrios que traigan más armonía, algo menos de Koyaanisqatsi.

Después de todo, en ese mundo de instantáneas, quien no esta en la foto no existe.

Tomonde, diciembre de 2014.

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