Archivo mensual: abril 2018

De la relatividad general, del culo y las témporas.

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Estos días el CERMI (Comité Estatal de Representantes de Minusválidos) parece decidido a ser beligerante con el término “personas con diversidad funcional”. Para esa amalgama de gente variada pero uniformada disciplinadamente tras el término “minusválido” – acepción para la que no hallan un modo digno de escamotearla de sus acrónimos corporativos–, la ortodoxia del orden de su cosmos es el término “discapacidad”. Disminución de la capacidad, distinta capacidad, la capacidad y el orden productivo, la capacidad y sus variables como identidad de cierta humanidad… El mundo agarrado por las hojas de la dificultad del individuo para interactuar con el modelo establecido y no por la raíz de entender que la diversidad interactúa en él sin perder savia de humanidad.

La pereza de ese artefacto paraestatal en revisar nada que cuestione su adherencia al status quo, me llevó a recordar que cuando era joven me fue revelada la teoría de relatividad. Pero no acabé de interiorizarla. Y no era un teorema, sino la deducción casi empírica de caminar muy lentamente, tanteando en cuántos y en qué vehículos debería apoyarme para llegar a la esquina de cualquier calle. El bastón no era suficiente y ser un trípode titubeante se benefició de ese cálculo automático y preciso que, sin embargo, concluía en pánico al finalizar la hilera de vehículos aparcados. Era el terror a caer al suelo tratando de cruzar una bocacalle ya sin soporte alguno, luchando contra la oscura atracción de la calzada durante unos metros sin apoyo físico, oscilando como un tembloroso funambulista sin pértiga. El cansancio de ese esfuerzo me obligaba a detenerme cada poco, lo que condicionaba mis tiempos y horarios con el resto de la humanidad en función de qué calle debía atravesar, si los vehículos estaban en una u otra acera… A causa del fastidio, de las manos siempre sucias, de la lentitud y del malestar, con el paso de los años fui mudando a valorar esa anomalía como algo singular. Era un incapaz clásico, canónico, satisfactorio para el sistema pero con margen para la observación, obligado como estaba a moverme en la línea tangente de su medida del tiempo, de su universo. Me era posible relativizar, alzar la mirada sobre su miedo y la desvalorización, sobre la turbiedad de sus ideas, algo que operaba cambios en mi modo de comprender su sociedad sin personas con diversidad funcional. Pocos se desplazaban como yo en esa tangente física y social, en esa posición relativa, en mi caso para ser algo parecido a una garza que en lugar del barro del humedal de su mundo sólo apoyaba sus zancas en un coche y otro para llegar a la esquina del pánico. Y eso para volver a empezar… Sísifo y su pedrusco revivido entre callejuelas.

A medida que mi andar se enlentecía, doloridos los pies, fatigado, observado por los demás viandantes como un entretenido pisacharcos, sucedió que en algún momento, expelido lentamente como un globo por fuga del gas de exclusión que me habían insuflado, supongo que debí elevarme a una dimensión y altura de satélite observador. Algo parecido a levitar sobre el tiempo de los demás que, para mi, transcurría más lento, en ocasiones permitiendo incluso consumir un cigarrillo apoyado sobre alguno de sus coches-bastón. El mundo y su población siempre apresurada eran así más observables, mensurables. Su apariencia, sus actos y omisiones, la suerte de sus pasos y sus juicios alterando y negando para mí el planeta conocido, comenzaron también a ser relativos a fuerza de ser contemplados en sus contradicciones. Era llamativo ver y oír a nuestros opresores deshaciéndose en gestos de contrición o redibujando la realidad que nos libraría paulatinamente del yugo de su miedo, ese que ellos mismos uncían sobre nosotros. Pero después de fantasear con todo lo que nos redimiría, al final, tristemente, siempre volvíamos al mismo lugar. Siempre había una calle que atravesar con un esfuerzo inmenso que se coronaba las más de las veces con un trompazo cruzando la esquina. Fue el tiempo en que descubrí la relatividad. Y era vertical. Aunque aún no lo supiese.

Ahora utilizo silla automática, eléctrica, “carrito” para algunos de la generación precedente de mi aldea. Un trasto con la virtud de que con poco menos que con la flexión de un dedo me transporta librándome de pensar en que no habrá golpe en la próxima bocacalle. Sólo he de preocuparme de algún vehículo que pueda arrollarme al no ser tan visible como los de la progenie vertical dominante, o si sus coches han bloqueado el rebaje obligándome a buscar una alternativa calle arriba, calle abajo… Algo libre ahora de esos lastres para deambular, no hace mucho volvía a mí esa idea que siempre desdeñamos los de mi categoría: que las personas con diversidad funcional sólo somos toleradas en el universo vertical; que sólo unos débiles hilos de algún vestigio moral arcaico del supremacismo capacitista nos mantienen débilmente sobre la faz de la tierra; que la exclusión, la negación social y moral, el “no” de la expresión de sus ojos sólo son las manifestaciones leves de su intransigencia. De modo que, siendo miércoles, memorizada ya la lista de la compra semanal, meditaba aburrido sin entender con claridad esa naturaleza del conocimiento que reporta el paso del tiempo, esas enseñanzas que se afianzan inadvertidamente alimentadas por el descreimiento y la desilusión cuando se adhieren a las manecillas del reloj. Me decía a mí mismo que es esa percepción de un género de conocimiento, casi premonitorio, en el que tiene más peso lo intuitivo. Una categoría de verdad de grano grueso y difícilmente digerible para la dialéctica que queda en el cedazo tras el batir de los años; una sabiduría despiadada, cruel, alejada de la conjetura intelectual, de algunas lecturas, de la observación… En definitiva, el poso del envejecimiento, vaya.

Y así andaba. Rodaba. Rumiando vuelta a vuelta de rueda esa resistencia de los humanos bípedos a la presión de nuestra lanza del cambio tratando de horadar la esfera de su mundo, blindado tras una coraza gruesa, pulida y resbaladiza, forjada de brutalidad y discriminación, resistente a cualquier escarificación, a cualquier rasguño. Y sucedió que a modo de respuesta divina a una invocación, la revelación vino al entrar distraído y demasiado rápido en la rampa mecánica del hipermercado con la desagradable consecuencia de que la cara me quedó a poco más de un palmo de la raja del culo del tipo de delante, un zángano semitumbado sobre el asidero de su carro de compras. Atrapado. Sin escapatoria de avance ni retroceso frente a unos jeans desgastados a punto de desplomarse. Y así permanecí, en ascensión algo teatral rampa arriba, mirando la cartelería de ofertas y gangas para no enfrentarme a medio culo blancuzco y sudado que a ratos apuntaba con pereza a derecha e izquierda. Era la respuesta escenografiada del horizonte al que puede optar una silla de ruedas en el planeta vertical, una cruda metáfora visual y significativa que “la mayoría” dispone para nosotros, los “discapacitados”. Se comprendían así, de golpe, sus autoexculpaciones, sus quiero y no puedo, sus rampas concebidas sólo para su pereza a las que podemos subir a riesgo de quedar a la altura de sus culos.

Frente a esos jeans sobajados entendí que, pasados los años, seguimos ascendiendo por una rampa mecánica sin fín. Inmóviles, con la voluntad atrapada. Temerosos de que el culo precedente aun pueda acercarse más. En términos generales, las personas con diversidad funcional hemos sido adiestradas en la tolerancia y la pasividad a todo orden de desmanes hacía nuestra libertad, evitando siempre entrar en conflicto, soslayando la reacción defensiva ante atropellos de los derechos civiles más elementales que la mayoría no toleraría en modo alguno (internamientos, subsistencia, abusos físicos y morales, esterilización, negación…) Y a pesar de ello se nos conmina a la sonrisa esperanzada, a ser tristes actores de la comedia de otros fabulando nuestro futuro. Su concepto de “capacidad” es el de observar impasibles como nos partimos el alma plagiando su modo de vida, aun a sabiendas que es imposible que abran su universo más allá de una rendija que nos da aire para malvivir. Quienes se visibilizan por nuestro costado son los que adoptan un comportamiento inmoral, groseramente cómplice con la exclusión y la opresión y que involucra directamente a buena parte del movimiento asociativo y a su aristocracia dirigente poniendo sordina a cualquier atisbo de reacción frente a la opresión. Son los cancerberos agradecidos que salvaguardan, emulan y sustituyen al modelo más reaccionario del Estado para nuestros derechos civiles. Elogian, estudian y ponderan las rampas mecánicas a las que se nos permite subir aun a riesgo de viajar ante la espalda de la perezosa sociedad vertical mientras nos dicen que una cosa no tiene que ver con otra, que su quehacer y la crítica es confundir el culo con las témporas. Esa nobleza que dice ser representativa acepta la semantica de la opresión, de la “capacidad” como patrón de medida de lo humano; acepta por definición que somos seres restringidos, menguados en esas sus facultades ideales e inflexibles y que debemos tomar en los plazos para la igualdad que nos prometen y que se extienden infinitamente en el tiempo. La pervivencia de ese modelo de representación de la “discapacidad” esta en empujar constantemente la línea del horizonte para hacerla inalcanzable e indeterminada, siempre imprecisa por la niebla. Algo sólo posible si obedientes conservamos los rasgos identitarios de colectivo con pelo de tullido y chandal de alegres colores de superador de obstáculos.

Olvidan que la vida tiene plazo y que los actos que pueden darle un giro también. Que ya sabemos tararear la música ambiental que nos adormece mientras viajamos en sus rampas que ascienden inacabables al cielo al que no queremos ir; que las témporas no sólo tienen que ver con ese “tiempo” de nuestra vidas que nos obligan a consumir en baldío, improductivo para la libertad individual. Los espacios vitales los modifica el tiempo, cambian en orden al conocimiento de lo que hay que hacer en cada momento, y eso es parte de la diversidad. Como los procesos agrícolas que celebraba la cultura romana (siembra, vendimia, recolección…) las témporas aluden también a las sienes sobre las que en ocasiones ceñían coronas de laurel (“cingere tempora lauro”), el área de los huesos “temporales” del cráneo para ornar el conocimiento, una dura cobertura ósea tras la que, demasiados de entre nosotros, aceptan discursos y actos perniciosos para nuestras libertades. Huesos “temporales” que sí tienen que ver con la nada para nosotros, esa vacuidad con la que el rendimiento mental de algunos termina por semejarse a la actividad ordinaria de su culo.

Conocido ya el camino, ¿cuánto tiempo más necesitan para dejarlo atrás?

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Archivado bajo Diversidad funcional, Vida Independiente