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Diversidad funcional y ecología política y social.

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Ponencia política.

1. Introducción.

Pudiera pensarse que para las personas con diversidad funcional, históricamente excluidas de los estándares de derechos civiles, económicos y sociales básicos, la economía del Decrecimiento quizás no es una opción. Sin embargo, construir herramientas ante la feroz inevitabilidad de ésta es competencia, también, de la política verde, del ecologismo social. Frente a los proyectos políticos tradicionales, una alternativa ecosocial debe sustentarse en propuestas para la equidad capaces de alterar significativamente los problemas de la ciudadanía en el medio y largo plazo.
En el caso de las personas con diversidad funcional se ha revestido inmemorialmente con la categoría de “problemas” lo que en realidad es opresión y exclusión: la negación de sus derechos humanos básicos. Y ello sin que se produzca una reacción de alarma social en consonancia. Situaciones que no serían toleradas por la mayoría, se contemporizan para este colectivo con actitudes de indulgencia de un apartheid de baja intensidad que descalifica el modelo de sociedad en la que malviven cerca de cuatro millones de personas (3.847.000, casi el 9% de la población, según el INE, 2008).

Por otro lado, muchas de las cuestiones que afectan a este grupo heterogéneo impregnan y alcanzan ya al resto de la población al extremo de convertirse en otro elemento más de las prioridades políticas estratégicas. En muy breve plazo (en torno a 2050, según el INE) el 30% de la población de nuestro país estará formada por personas mayores de 65 años (con 4 millones de octogenarios), y en cálculos de la ONU para entonces seremos el país más envejecido del planeta. Esta magnitud se entiende mejor cuando se asimila que en gran medida a mayor longevidad, mayor discapacidad, poniendo sobre las tareas de álgebra política la resolución de un binomio inevitable y natural. También en la ecología social.

Durante un breve periodo del pasado histórico se han producido mejoras en los sistemas de salud y de apoyo social que se han traducido en una mayor tasa de supervivencia de la población en general y de las personas con diversidad funcional, consecuencia del efecto centrípeto del breve welfare state. Sin embargo, esas mejoras costosamente arrebatadas al desarrollo del capitalismo moderno, pierden su lustre benéfico cuando se cae en la cuenta de que la longevidad incrementa el riesgo de adquirir una discapacidad, y con temor cuando esas limitaciones se producen en sociedades en las que se quebraron intencionadamente los esquemas tradicionales/patriarcales de apoyo en la familia y en la comunidad. Desmantelado el escenario del bienestar a cuenta de la crisis económica, desposeída la población de los recursos financieros de soporte, se encontrarán ante el espejo que les devuelve una imagen social que venían asignando hasta ahora a las personas con diversidad funcional.

2. Venimos del futuro del neoliberalismo.

Lamentablemente, cada vez es más alarmante la evidencia de que nuestros entornos tóxicos se han convertido en generadores de graves daños para la salud y que, cuando menos, sus efectos se presentarán y mantendrán como situaciones de discapacidad, incluso entre la población más joven. Esas situaciones se establecen ya sobre el mismo modelo excluyente y desdeñoso que viene zafándose de las personas con diversidad funcional, ubicadas en lo secundario de la acción política incluso por las organizaciones y partidos que alardean de una copiosa prosapia social. No podrán encontrar los apoyos necesarios. De modo parejo a la edad y las limitaciones, muchos hombres y mujeres descubrirán/descubren ahora la hostilidad del diseño de sus ciudades, la imposibilidad literal de deambular libremente, de acceder a sus edificios, de usar los servicios públicos más básicos de salud o educación, servirse de sus artefactos menores y mayores de su sociedad tecnologizada, experimentar la exclusión de sus medios de transporte… Comienzan a interiorizar el aislamiento, la invisibilidad y saberse cada vez más atrapados en un mundo concebido sólo para el hombre unidimensional que la ensalzada economía productivista, del crecimiento y la superexplotación humana y de la biosfera ha establecido y aplicado para ellos y ellas. Descubren que con su tiempo vital y su dinero han financiado su exclusión.

Es por esto que EQUO, que la ecología social y política está obligada a decapar la vieja pintura, los barnices que camuflan la desidia política incrustada en la conciencia colectiva y en las obsoletas y pesadas maquinarias del estado y del poder económico. Como organización política de vanguardia, EQUO esta obligada a insistir en evidenciar ante todos el deterioro ambiental y social, la desmedida proliferación de enfermedades tumorales y reactivas al medio ambiente contaminado, los riesgos alimentarios, los daños irreversibles en la biodiversidad del planeta… Las esclavitudes en tiempo vital y social impuestas por el sistema económico y productivo, hacen cada vez más apremiante iniciar ese camino hacia una alternativa político-social superadora del capitalismo y el productivismo. Se trata de descubrir, colectivamente, paso a paso una alternativa capaz de conciliar el cuidado de la naturaleza al tiempo que tomar conciencia de la necesidad de cuidar y ser cuidados/as.

3. Propiciando una economía ecofeminista.

Gracias al bagaje aportado por la economía ecofeminista, EQUO parece obligado a tomar su testigo para insertar en la cultura y en la acción política orientaciones que aporten opciones al impacto lesivo de la actual crisis social que, ligada a la crisis ecológica sin precedentes que afrontamos, es consecuencia de la deriva calamitosa a la que el quimérico horizonte neoliberal del bienestar supeditado al crecimiento nos viene arrastrando históricamente. Parece inexcusable dotarse de instrumentos con los que abordar ya una mayor dimensión ecofeminista para favorecer una economía política responsable.

El capitalismo patriarcal, androcéntrico, ha alienado a personas con diversidad funcional y mujeres tras una barrera de constante devaluación social y cultural, pero imponiendo sobre estas últimas el cuidado de los primeros, cargando sobre su fuerza de trabajo los costes de reproducción social en el trabajo de cuidados que, como otros, no se registrarán jamás en las gráficas de sostenimiento del sistema. Con ello, la mirada ecofeminista ha evidenciado más si cabe la contradicción entre el proceso de reproducción de personas y el proceso de acumulación de capital, lo que se traduce para el neoliberalismo imperante en que las personas no son objetivo prioritario, sino que están al servicio de la producción. Y si eso no es posible al completo, como ocurre con las personas con diversidad funcional, se retoma el modelo de la prescindencia con mayor o menor brutalidad.

Así como el ecofeminismo reformula la identidad humana, la vida y la organización social en los ritmos naturales y las éticas y políticas que eso genera, el Movimiento de Vida Independiente de las personas con diversidad funcional, superando el modelo médico-rehabilitador y el asistencialismo, reclamando la equidad basada en el derecho, la democracia y la igualdad ciudadana, coincide con el primero en un modelo que se deshace del androcentrismo opresor como regidor de la economía. Proclive a una economía verde y de transición, puede comprometerse en hallar nuevos contextos de relación, de interacción revalorizada por el respeto a la diferencia, a la diversidad humana, a los tempos marcados por la naturaleza y el reconocimiento de toda la arquitectura oculta que sostiene la vida.

Esta convergencia esta llamada a ser punta de lanza:

  • para poner en valor modelos de trabajo centrados en la persona y el medio;
  • para hacer que el reparto sexual del trabajo, incluido el de cuidados, entre en la normalidad de las actividades necesarias para la vida;
  • para revaluar rentas mínimas y máximas reduciendo la pobreza endémica entre las personas con diversidad funcional;
  • para llevarnos a nuevas escalas de progresividad fiscal con las que afrontar la inversión en cuidados de las personas y el medio;
  • para encontrar una economía autoreproductiva adaptable a la vida y la naturaleza;
  • para estimular el tránsito a la vida en comunidad progresando hacia la reducción máxima de los centros de internamiento;
  • para reconfigurar el territorio y las ciudades como entornos adaptados a la vida y no a la producción;
  • para disminuir la globalización, también, en la transferencia de los cuidados a las mujeres emigrantes…

Para contribuir a generar, en definitiva, un efecto dominó hacia una anticipación de políticas para el mantenimiento de la vida y la dignidad humana. Pero esta vez para todos.

4. Conclusión. Conjura para una clave política.

Las inminentes y aciagas previsiones privatizadoras contenidas en los distintos tratados de libre comercio (TTIP, CETA, TISA…), ensombrecen aún más el panorama al dejar puertas abiertas a la avaricia neoliberal en estructuras del estado cada vez más acosadas como el sistema público de salud, la educación, el control medioambiental, los servicios sociales o la administración. La amenaza se traduce en la restricción de la autonomía del Estado sobre esos servicios, su privatización, la incapacidad para retornarlos al control ciudadano y garantizar indemnizaciones desorbitadas a los inversores privados de semejante asalto. La vulnerabilidad endémica en la que han sido colocados colectivos como el de las personas con diversidad funcional en estos ámbitos ahora más codiciados, debe animar a organizaciones como EQUO no sólo a posicionarse frente al saqueo global organizado como viene haciendo, sino a estimular desde el poder político y legislativo que alcance a ser permeable al germen alternativo capaz de horadar estos muros crecientes, aun con la lenta constancia social de las hormigas frente al neoliberalismo.

Las organizaciones políticas como EQUO deben valorar con urgencia adoptar una conciencia activa asentada en modelos ideológicos/legislativos que se inspiren en la “Diversidad” y la “Vida Independiente” como estímulos políticos capaces de inducir didácticas para la transición hacia los derechos humanos de las personas con diversidad funcional. Y ello con la audacia de ubicarse frente a paradigmas de intervención clientelares que han demostrado su ineficacia o que sólo han servido a la desidia social e institucional y al mayor enraizamiento de la desigualdad.

Sobre lo expuesto anteriormente, bien puede decirse que al correr del tiempo que nos ha tocado vivir se conjuran elementos que deberían inducir a EQUO hacia planteamientos de vanguardia social y de derechos civiles:

  1. Incorporar transversalmente a su acción política la constante de la perspectiva de la diversidad funcional (con el rango que en el pasado se otorgó a la de género), exigida por justicia histórica y por vincularse a una apremiante respuesta a un escenario demográfico inminente, complejo e inexorable.
  2. Incorporar, parejo a lo anterior, el enfoque ecofeminista, no solo por justicia de género sino por ser el catalizador que facilitará la reacción de desmantelamiento del sistema económico liberal por otro fundamentado en la vida y la sostenibilidad.
  3. Estimular políticamente y dar visibilidad interna y externa a toda iniciativa de propuestas de transición hacia modelos rigurosos con los derechos sociales, económicos y políticos de las personas con diversidad funcional.

Al contrario que otros partidos políticos, EQUO debe aceptar el reto de saber que para esos objetivos NO HAY RECETAS; que la construcción de esos modelos descansa en una constancia de atención a nuevas formas de socialización que ya se están dando en los suburbios de la política institucional y que tienen que ver con la autogestión, con las redes de cuidado, con fórmulas de cooperativas de vivienda, de servicios o residencia, etc.

Por demás, a pesar de no existir otras recetas políticas que las que priorice el diálogo y la participación social, en el ámbito de las personas con diversidad funcional si existe un repertorio de incumplimientos para el corto y medio plazo vital que han desvinculado a este colectivo de la política como motor eficiente para el cambio y que EQUO puede recoger como ideas fuerza en su ideario y acción ecosocial:

  • Trasposición REAL de la Convención de los Derechos de la Personas con Discapacidad, inflexible y evaluable en fórmulas abiertas de participación.
  • Desinstitucionalización – Estimular/facilitar tránsitos hacía la vida autónoma y en comunidad.
  • Impulsar la ASISTENCIA PERSONAL, entendida como un derecho humano y herramienta para la desinstitucionalización paulatina y praxis clave para un cambio cultural e histórico.
  • Educación no segregada – Socializar en la diversidad humana con los apoyos necesarios.
  • Una sociedad sin violencia (especialmente la ejercida sobre mujeres y las niñas con diversidad funcional).
  • Diseño para todos: accesibilidad universal; aplicación estricta de la legislación. Régimen sancionador.
  • Normalización en la visibilidad social.

Traducido a la acción inmediata, debería servir para estimular iniciativas legislativas como:

  • Ley de Apoyos para la Vida Activa (Asistencia Personal, desligada de la llamada Ley de Dependencia).
  • Ley del Transporte Accesible y Especial.
  • Financiación de Programas/Planes para la adaptación/accesibilidad/rehabilitación urbana, de viviendas y el transporte público.

* * *
14 de agosto de 2016, Tomonde, Vedra (A Coruña).

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Vagón de cola.

juanjo-5abr2016_trenComienzo a escribir esto mientras viajo en el tren después de muchos, muchos años en que lo hice por última vez, sin contar otro intento fallido imposibilitándoseme entonces ir a Córdoba. Insensato, trato de hacerlo usando un teléfono móvil, una locura capaz de hacer retorcerse los nervios del más calmado.

Hoy regreso a Galicia tras dar una charla en Sevilla en la que como en otras, sin megafonía apropiada, he debido pedir disculpas por mi apagada y cascada voz de ex-fumador compulsivo. Al menos no apareció esa tos boba que impone punto y coma a mis largas parrafadas, consecuencia de una garganta reseca que me obliga a detenerme.

Ciertamente, el tren de hoy en nada es igual al recuerdo difuso de un viaje de la infancia, contándome aún en el mundo de los bípedos, acompañando a mi padre camino de Extremadura esperando en silencio en una estación sin apeadero, a pie del terreno, en la limpia oscuridad de una noche de verano para, súbitamente, ver venir hacia nosotros una enorme, humeante y cuadrada locomotora negra y terrible. Cuelga de éste el recuerdo sobrecogedor de apretar fuertemente la mano del padre, temblando, mientras el monstruo, altísimo, vino a detenerse ante ambos con un ruido aterrador. El miedo aun perduraba al verme alzado a uno de los altos, tétricos y chatos vagones de color verde caqui oscuro, casi militares, con una simple línea amarilla recorriéndolos en horizontal. También está el recuerdo de despertar tras quedar dormido en el asiento de cuero renegrido y madera vencido sobre el hombro de un pasajero, cubierto por la chaqueta del padre, y pasmado, señalar la forma de una nube que iluminada por la luna, quise que fuera la pierna de una bruja. Acontecimiento este discutido entre cucharadas del yogur que me embuchaba mi progenitor. Y qué decir del asombroso retrete con un hipnótico agujero que despedía todo directamente sobre las traviesas de la vía…

Ahora, en estos días, el mero hecho de obligarme con antelación a saber si había disponibilidad de plaza para mí, ahora pasajero en silla de ruedas para ese trayecto en el día planeado, me había predispuesto malhumorado a la incredulidad sobre los cambios respecto a los límites de mi libertad de elección viajando en transportes públicos. Las facilidades y amabilidad de los servicios de asistencia para el embarque disponibles en la estación de origen y destino, la modorra meciéndome de mano del madrugón, algo de lectura obligada para la poca distracción que dan los túneles y el paisaje limitado por las paredes del cañón abierto en el terreno para poco más que el ancho de la vía, me habían hecho bajar la guardia para sopesar dónde y cómo me encontraba.

Acomodado ya, frente a mí se movía una mujer joven, madre, con cierto rictus de profunda tristeza atendiendo solícita a su bebé que presentaba signos de lo que se me figuró como acondroplasia. Al margen de ese aparente aire de tristeza, mantenía la típica actividad de los cuidados maternos en los viajes, cercada por infinitos objetos repartidos en innumerables y específicos bolsos, mantillas, baberos, cobertores… A mi izquierda, su carrito de bebé algo armatoste y de incomprensible plegado, hacía de perchero de otros bolsos y prendas junto a mi maleta.

Quizás el recuerdo de mi viaje de la infancia vino de la mano de esa escena de la merienda del bebé en el tren de hoy, tomando como yo entonces un yogur surgido de uno de tantos bolsos, sin pata de bruja alguna asomando cerca de la luna.

Una mujer sonriente abandonó entonces el vagón contiguo de cafetería y me percaté que el hombre con gafas que la seguía se apoyaba en su hombro con el ligero titubeo propio de los ciegos. Al transcurrir ambos por el pasillo, reconocí en unos asientos más adelante a unos padres que acompañaban a su hijo y que habían aguardado junto a mí en la estación de Madrid, en espera de los servicios de atención para el embarque. Encorvado, apenas sin cabello, caminando con la ayuda de dos bastones, reconocí en el muchacho de poco más de veinte años el color cerúleo que deja la quimioterapia y su conocido peso venciendo el brillo de la mirada.

Aburrido, casi adormilado, una lucecita sorprendió las telarañas de mi frente y caí entonces en la cuenta de la singular concentración de gente “deteriorada”, a ojos del común, que se reunía en aquel vagón. Sólo en ese momento me percaté de la anormal distancia que poco antes debí recorrer para verme dentro de aquel coche, casi al final del tren, y que para subir tuve que hacerlo por la rampa sobre la única puerta que mostraba el anagrama de accesibilidad. En todo el convoy no había otro vagón para ese recurso. Alguien, en algún lugar, siguiendo un designio de concentración de lo inclasificable, agrupa en cada tren lo que puede entender como calamidades humanas, decidiendo que lo óptimo es concentrar la diferencia en lo simple de un único vagón, en el vagón de cola, o casi en el vagón de cola. Un vagón singular y especializado en la diferencia, pero con la discreción de ir sujeto a los demás al final, sin repartir ni mezclar su contenido por el convoy. Y así, casi de un lúcido puntapié en el culo regresé a la evidencia de que, pasados los años, los cambios son poco menos que anécdotas, maquillajes lustrando las feas y férreas barreras de siempre. Nada nuevo bajo el sol.

Durante el trayecto, la puerta mecanizada que quedaba a mi espalda se fue averiando paulatinamente, abriéndose y cerrándose a su loco parecer. El interventor, que había montado su oficinilla móvil en uno de los asientos y que viajaba a mi izquierda toqueteando de continuo una Tablet que algo debía tener relacionado con su trabajo, para mi sorpresa vino a disculparse por este suceso que en momento alguno ni me había preocupado ni yo había censurado. Evidentemente, era más cosa suya, y por alguna razón se le figuró que también debía ser mía. Pareció tranquilizarse cuando me aseveró que ya había notificado el problema.

Luego todo regresó al aburrimiento adormecedor del traqueteo del viaje en el vagón de la diversidad. Lo curioso fue que la avería de la puerta, que seguía loca del todo, se extendió a la inmediata del aseo de “discapacitados”. Y esta fue la única protesta que se escuchó en el vagón de las calamidades: un inesperado, chirriante y ensordecedor avisador que dejó a todos embobados mirando el parpadeo de una luz roja junto al anagrama de accesibilidad y las letras WC del vagón. Ningún “discapacitado” pedía auxilio desde el WC, de modo que el interventor abrió la puerta de un golpe y la alarma calló.

Repartidos como gotas, para cuando llegué a Compostela ya éramos menos los del vagón. De regreso al anonimato de cada vida singular.

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De cómo esquivar al ‘Sasquatch’

(Seminario “Homosexualidad y Discapacidad”, – Mesa: (Des)montando la (dis)capacidad. Badajoz, 12 de noviembre de 2005)

Por Juan José Maraña.

De manera convencional se entiende que el denominado Movimiento de Vida Independiente se conformó a partir de los años sesenta en los EE.UU., Reino Unido y países nórdicos como consecuencia de los intensos cambios sociales y políticos en los que en ese periodo confluyeron muchas sociedades occidentales.

En el contexto de las personas con diversidad funcional (1),las reformas en instituciones vinculadas a personas con dificultades de aprendizaje, la dramática demanda de los derechos civiles de las minorías étnicas en EE.UU. o Sudáfrica, concurrieron con las teorías sobre la ‘normalización’ (2), y la valorización social (3) provenientes de Europa del norte, la eficiencia de modelos de autoayuda de algunos colectivos sociales (Alcohólicos Anónimos), la elaboración del paradigma que contrapone el modelo de Vida Independiente (4) al imperante aún ahora sobre una atención coercitiva arraigada en patrones médico-rehabilitadores y la argumentación del modelo social de la discapacidad establecida por sociólogos británicos de formación marxista (5) .

Desde esta confluencia teórica y de activismo, los senderos de análisis que se configuran convienen al menos en que la identidad social de las personas con diversidad funcional está caracterizada no por su limitación o distinción biológica sino por su alienación en la organización social de la que en términos históricos y económicos sólo obtienen un continuo flujo de opresión (evidente en la inaccesibilidad a los recursos, la reclusión, la segregación sistemática o el exterminio, como expresión brutal última). De modo concluyente, es el llamado modelo social de la discapacidad el que demanda que sea el sistema social y  económico el que debe transformarse adoptando patrones inclusivos, no condicionando a los individuos objeto de su segregación a extenuarse, por demás, en el ascenso de la fuerte pendiente de la pirámide de la desigualdad.

En los últimos treinta años se han perfilado (cuando menos impulsadas por las propias personas con diversidad funcional), algunas de las perspectivas que exploran los fundamentos estructurales de la opresión histórica, ancestral, mantenida por la mayoría social hacia este colectivo.

Constituyen vías de conocimiento que tratan de ahondar, también, en el sesgo con el que, exógenamente, ha sido valorada nuestra sexualidad, asimilada sólo bajo el control de la llamada ‘industria de la discapacidad’ (6) y sus profesionales (sanitarios, psicólogos, sexólogos, etc.). En este ámbito, como en casi todos, ‘la voz y la experiencia de las personas con discapacidad están ausentes en casi todos los casos. Al igual que en otros campos, a las personas con discapacidad se les desplaza como sujetos, y se les fetichiza como objetos. Predomina un modelo de tragedia médica, que define a las personas con discapacidad por la idea del déficit, y la sexualidad, o no es un problema, porque no es un tema, o es un tema, porque se considera que constituye un problema’ (7)

Frame 352 from the film, alleged to depict a f...

Frame 352 from the film, alleged to depict a female “Bigfoot” mid-stride. (Photo credit: Wikipedia)

La huella del Sasquatch.

Desde hace muchos años en nuestro país, pero de modo más ostensible en los tiempos recientes, muchos hombres y mujeres han decidido emprender el camino de vivir su condición homosexual, entre otras perspectivas, como un modo satisfactorio de convivencia al tiempo que de intercambio de placer sexual sin determinación reproductiva no deseada, comenzando así a desasirse de las ligaduras de la ‘anormalidad’, de la valoración como potencia expansiva del SIDA o de ser asimilada con algún género de la degradación moral individual o colectiva, tomando distancia del punto de mira de los variados procedimientos de laceración o segregación social. Quizás una de sus contribuciones al sentido del respeto colectivo, parejo a su particular andadura, sea, entre otros, el de devolvernos la imagen refleja de seres más libres, poseedores de una vida sexual más amplia que la que la mayoría se tolera a sí misma, una mejor vida que la que la represión ha tallado en nuestras mentes por obra del cincel de la instrucción y el condicionamiento de la desaprobación parental, de la condena social o de la culpabilidad emanante de la cultura religiosa.

Sin embargo, para muchas personas con diversidad funcional de condición homosexual, aún es más difícil confluir en ese camino, máxime cuando en los márgenes de éste se hace ostensible la huella del Sasquatch.

El Sasquatch (8), el Yeti, el Bigfoot representa no sólo un ser objeto de estudio de la criptozoología sino que también es ese ominoso pariente que aparece y desaparece en nuestro camino, en la línea del tiempo de nuestra cultura y que casi con toda seguridad fue quien nos hizo huir a nosotros, las personas con diversidad funcional, despavoridos, obligándonos a seguir el camino ocultos entre la maleza; el mismo ser que en un remoto pasado ha desmigado ante nuestro rostro nuestra sexualidad para que la devorásemos; nuestra auto-imagen reducida a migas de pan para gorriones que hemos engullido desde antaño, y con ellas, hemos tragado y asimilado la desconfianza sexual hacia nosotros –centrada en los patrones dominantes de belleza–, la impotencia, el miedo y la dependencia que los demás han urdido alrededor nuestro.

También es obra reprobable del Sasquatch la malévola oportunidad en la que trasladó a nuestra especie la didáctica del Poder, la tan actualmente valorada agresividad competencial capaz de trascender los géneros y que durante siglos viene sepultando –literalmente– a mujeres, homosexuales, lesbianas y el subgénero de las personas con diversidad funcional. Es él el que también parece haber establecido un correlato entre los estereotipos sexistas aplicados a las mujeres y los prejuicios hacia las personas con diversidad funcional en orden a identificarnos con la pasividad sexual que la cultura machista sobreentiende en ellas, extrapolándola hasta sintetizarnos y asimilarnos por iguales como dependientes, débiles y vulnerables (9). La ‘normalización’ heterosexual parece haber inoculado sus estereotipos sobre la mujer como un valor que incluso la comunidad gaylésbica acepta y traslada sobre nosotros, de tal manera que a fin de cuentas poseemos tanto fuera como dentro de ella una idéntica valoración: la más devaluada de las imágenes de la sexualidad humana en los cuerpos más asexuados que, en el mejor de los casos, son asignados a una incomprensible categoría de infragéneros. ¿Qué respuesta social mayoritaria obtendríamos frente a la imagen pública de personas con diversidad funcional del mismo sexo manifestando abiertamente su amor o manteniendo relaciones sexuales…? Con probabilidad el tamiz no podría hacer nada con el calibre de todo el prejuicio y el estereotipo dominante en esa imagen; son los mismos gruesos granos que nos mantienen confinados en patrones de infantilidad y pasividad próximos a los que se reconocen en los niños y ancianos. El patrón de aceptación que la cultura gay-lésbica nos aplica también parece estar sobrecogido por el mismo pisotón del Sasquatch, ese que ha impreso una representación cultural nuestra en la que sólo se muestra, refuerza y aún se subrayan todas las percepciones negativas que se han desarrollado en torno a nosotros. Sólo podemos ser hombres y en la entrepierna no tenemos sexo sino un signo de interrogación. Para la sociedad normalizada la idea de las personas con diversidad funcional se corresponden con el arquetipo de un hombre joven, de piel blanca y usuario de silla de ruedas (10). En el mejor de los casos nos representan en su universo heterosexual sólo como individuos sin género femenino, tan valerosos, tan visual y occidentalmente ‘aceptables’, como trágicos, dolientes e impotentes fueron los personajes encarnados por John Voight o Tom Cruise (11). Y así, masculinidad, discapacidad, carencia, impotencia –o insuficiencia sexual–, se extienden como estereotipos concatenados, como eslabones que se entrelazan y prolongan en el universo del prejuicio para, paradójicamente, dibujar la antítesis de todo lo masculino y finalmente desparecer, sin más, provocando otra oquedad más en el tablero de nuestras relaciones sociales fundamentales. Quizás por eso no existen las personas con diversidad funcional homosexuales. No son visiones aceptables; el ojo del Gran Hermano ‘normalizador’ adolece ya de una fuerte presbicia cultural para enfocarnos per se y de un campo visual ciego de patología histérica si estas se mostraran fuera de un encuadre heterosexual.

¡La diversidad es buena!

La ideología del Sasquatch no sólo ha deshecho nuestras identidades sexuales, como quiera que las pudiéramos concebir, sino que ha conformado nuestra identidad social en los márgenes de su estrecha comprensión, en la que nos sofoca como seres dependientes, perpetuos superadores de toda clase de obstáculos, cansinos paralímpicos anhelando participar de un mundo en graciable, costosa y permanente reforma y contrarreforma a causa nuestra. Una ideología que en su liberalidad hace que la sociedad normalizada, en el mejor de los casos, conciba nuestras relaciones sexuales como un suceso necesariamente planificable, una orientación formativa patrocinada por criterios de salud, de naturalidad emocional, que conducen al tedio de quien, las más de las veces no desea ir más allá de un «polvo rápido» de fin de semana; la misma eventualidad ante la que es probable que sucumba nuestro instructor un viernes noche tras concluir uno de tantos cursos sobre sexualidad y discapacidad que motean  nuestro currículo hacia la inserción social.

Quizás esta ideología de la dominación y el control proviene de una antigua, una remota infiltración de testosterona social en el sustrato primario del que se alimenta la sociedad capitalista, afectando a la mayor parte de las formas en las que hombres y mujeres con diversidad funcional han vivido o sufrido su sexualidad. El éxito competitivo de la ideología del Sasquatch, soterrada pero implacable, quizás se inició simplemente tras evaluar las ventajas que reportan una musculatura y una altura más eficientes y en la cadena de especializaciones evolutivas que nos han llevado a una psicosis androcéntrica de los modelos sociales, cimentada en el miedo y el control de los procesos productivos y tecnológicos. En alguna medida se trata de la misma ideología que encuentra afinidad con la ética de la perfectibilidad del cuerpo, la invencibilidad, la masculinidad y la belleza física con relación a la potencia, la dominación sexual y la violencia… Toda una panoplia de la opresión que se aplica a las personas con diversidad funcional homosexuales llevándolas a manifestarse como una minoría marginada dentro de un grupo minoritario, también oprimido, desde el que se les aboca a una mayor ocultación social de su condición sexual.

Quizás buena parte de esta situación sea debida a que nuestra identidad como grupo excluido esta tan atrofiada como las percepciones de nuestras opciones sexuales para el común de la sociedad, a causa del control y la injerencia de la sociedad normalizadora. Lo más semejante a la celebración de nuestro ‘día del orgullo de la diversidad funcional’ tuvo la insípida designación de una resolución administrativa (12) de Naciones Unidas, muy lejos de la lamentable pero orgullosa remembranza de los sucesos del ‘Stonewall Inn’(13)

En esta línea, una estrategia coincidente y favorecedora para el Movimiento de Vida Independiente es la que trata de vigorizar en los individuos un modelo social en el que se contemple la diversidad funcional como un suceso normal a la vida, enorgullecernos de desasirnos de nuestra identificación como problema social, de blindarnos frente a los comportamientos de barrera que otros individuos proyectan sobre nosotros, en negar la desvalorización frente al modelo del cuerpo ideal que la norma nos aplica y no cumplimos, librarnos del oscurantismo religioso que nos identifica con la expiación de los pecados o la prueba divina… Enorgullecernos de identificar frente a la ‘norma’ nuestras necesidades físicas, psicológicas, intelectuales, sociales y económicas.

Un prerrequisito del movimiento de liberación gay-lésbico fue redefinir la identidad colectiva tomando la exclusión como positiva. «Orgullo gay», «Gay es bueno» fueron eslóganes que dieron valores positivos a la propia identidad. El desarrollo de una política que reconozca la identidad es un primer paso en la politización de la resistencia de grupos oprimidos… El reconocimiento de la identidad es el resultado y el significado de la política liberadora, identidad es un término de lucha: una respuesta a la discriminación y al criterio de la norma. Identidad, en este sentido, significa conciencia de la historia común de explotación y opresión… ’dice Susanne Kappeler, y esto significa fortalecimiento a nivel grupal e individual.’(14)

Diversidad funcional y homosexualidad han compartido durante demasiado tiempo el mismo patrón de respuestas opresivas y alienantes que la sociedad occidental viene aplicando a cuantos se interponen a su sentido predador de la existencia. El golpe en la calleja oscura duele y humilla de igual modo que el manotazo del cuidador que nos tapa las narices para forzarnos a comer. La organización social del trabajo, aliada a la brutalidad competencial, el miedo sistemático, el mito y la leyenda, han empedrado el camino del Sasquatch con vidas incapacitadas por el sexismo, el racismo, la homofobia, la gerontofobia… Por eso una opción es la de abandonar la senda del Sasquatch. Para hallar la nuestra. Después de todo el Sasquatch no es sino otra construcción social del miedo.

El riesgo, ciertamente, es mirarnos el ombligo hasta ser sustraídos por su poder hipnótico, absorbidos por él como un agujero negro más, el riesgo a enquistarnos en nosotros mismos, en nuestra necesidad afirmativa, de identidad. Y sin embrago, parece obligado que debemos empezar así a desbrozar nuestra presencia, a centrarnos en nosotros mismos y a dejar de mirar la barahúnda de dedos indicadores que todos alzan, incluso cuando señalan nuestro sexo; ‘ debemos contrarrestar esos discursos dominantes sobre la sexualidad de las personas con discapacidad en los que se acentúa la carencia y la limitación, y desarrollar nuevas explicaciones que se basen en la experiencia subjetiva de las personas con discapacidad. Debemos recordar que el poder es una característica de las relaciones entre los sujetos, y hay varias jerarquías en donde las personas ocupan múltiples posiciones. Cuando entra en escena la discapacidad, las relaciones tradicionales de sexo, edad, sexualidad y poder pueden hacerse más complejas y diversas. Debemos dejar que las personas con discapacidad hablen por sí mismas, y debemos reconocer que lo que se necesita es el saber que otorga haber vivido esta experiencia, no los conocimientos técnicos de los profesionales’ (15)

Notas:

(1) A lo largo de este documento se ha optado por introducir esta denominación en detrimento de la de ‘personas con discapacidad’, como definición tácita establecida en el Foro de Vida Independiente, por entender que ofrece una visión más positivista y una representación cultural menos limitante de nuestro colectivo social.

(2) Wolfensberger, 1983.

(3) Nirje, 1985.

(4) DeJong, 1979.

(5) Mike Oliver, V. Finkelstein, T. Shakespeare y otros.

(6) Gary L. Albrecht, 1992, Tom Shakespeare, 1998.

(7) Tom Shakespeare, ‘Poder y prejuicio: los temas de género, sexualidad y discapacidad’. (Incluido en la compilación de Len Barton, ‘Discapacidad y Sociedad’, Fundación Paideia-Ediciones Morata, Madrid, 1998).

(8) Nombre con el que los nativos de la región del noreste canadiense del Yukón (Canadá) se refieren a un legendario y misterioso ser de gran tamaño, peludo, huidizo, semejante en su descripción a un ramapithecus, del que no se tiene constancia científica alguna y que sólo es motivo de estudio de la criptozoología.

(9) M. Oliver, T. Shakespeare.

(10) Tom Shakespeare.

(11) La referencia a estos actores norteamericanos está en relación a los personajes que representan en las películas ‘El Regreso’, 1987, y ‘Nacido el 4 de julio’, 1989, respectivamente, de personas con diversidad funcional adquirida a causa de la guerra de Vietnam.

(12) En 1992, al término del Decenio de las Naciones Unidas para los Impedidos (1983-1992), la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó el día 3 de diciembre ‘Día Internacional de los Impedidos’ (resolución 47/3).

(13) Nombre del bar neoyorquino, de concurrencia gay, en el que el 28 de junio de 1969 una redada policial y la resistencia a algunas detenciones, derivó en enfrentamientos en los que varias personas homosexuales resultaron muertas. Desde entonces en esta fecha, en todo el mundo, se celebra el Día del Orgullo Gay en recuerdo de las víctimas de aquel día.

(14)‘Fortalecimiento Social y no violencia’, artículo de Andreas Speck, publicado en ‘Peace News For Nonviolent Revolution’, Nº 2439 (Junio-Agosto de 2000).

(15) Tom Shakespeare, ob. cit.

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El ojo del Dodo

Por Juan José Maraña

–Lo que me proponía manifestar –siguió el Dodo en tono ofendido es que la mejor manera de secarnos sería una carrera en comité.
–¿Qué es eso de una carrera en comité? –preguntó Alicia, y no porque tuviera muchas ganas de saberlo, sino porque el Dodo había hecho una pausa, como dando a entender que esperaba que alguien dijera algo y no parecía que nadie fuera a hacerlo.
–¡Vaya! Dijo el Dodo. –La mejor manera de explicarlo sería haciéndolo.
(Y como probablemente habrá entre vosotros quien también quiera hacerlo, algún día de invierno, os voy a contar cómo se las arregló el Dodo.)
Lo primero que hizo fue trazar una pista para la carrera, más o menos en círculo («la forma exacta no importa demasiado», dijo) y luego todo el grupo se fue situando por aquí y allá. Nadie dio la salida con el consabido «¡A la una, a las dos, a las tres! ¡Ya!», sino que cada uno empezó a correr cuando quiso, de forma que resultaba algo difícil saber cuándo iba a terminar la carrera. Sin embargo, después de haber estado corriendo como una media hora, y estando ya todos bien secos, el Dodo exclamó súbitamente:
–¡Se acabó la carrera, y todos se agruparon ansiosamente en su derredor,  jadeando y preguntando a porfía:
–¿Pero quién ha ganado?
No parecía que el Dodo pudiera contestar a esta pregunta sin entretenerse antes en muchas cavilaciones; y estuvo así durante mucho tiempo, con un dedo puesto sobre la frente (algo así como el Shakespeare que vemos en los retratos), mientras el resto aguardaba en silencio. Al fin el Dodo sentenció:
Todos hemos ganado, y todos recibiremos sendos premios.

El jardinero accidental

Hace tiempo leí que los ginkgos, una suerte de acacia primitiva, son extraordinariamente longevos pero que en Isla Mauricio, donde antaño medraban, ya no brotan nuevos ejemplares. La causa vincula la ingesta de semillas de ginkgo (y también las del llamado tambalacoque) con su escarificación a cuenta de navegar por el aparato digestivo de un ave. Una vez deteriorado su revestimiento exterior en ese viaje y excretadas las simientes que mal librasen de la digestión, éstas germinaban con más éxito en el aleatorio reparto de sus deposiciones por la isla. Es decir, se establecía un sucio trato más entre el mundo vegetal y el animal, un equilibrio de dependencia ecológica que satisfacía el natural apetito de un bicho y la escatológica porfía de un árbol capaz de perdurar cientos de años, aun obligado para ello a descender con el sinuoso vaivén del tracto intestinal, como un Dante vegetal, al inframundo de las heces. El predador de la apestosa semilla de ginkgo, el jardinero accidental del tambalacoque, no era otro que el extinto Dodo, el “estúpido inepto” (Didus ineptus), un gordinflón palomo que poblaba la isla Mauricio sin haber tenido trato con humanos hasta que los holandeses, merced a su Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, en el siglo XVI, decidieron recalar allí e incluso hacer vegetar hombres construyendo una prisión. A rebufo del comercio de especias y a tan execrable cultivo de seres humanos, les acompañaba la natural cohorte de ratas, cerdos, gato, golosos consumidores todos de huevos, sin menosprecio de los del ingenuo Dodo.

dodo

dodo (Photo credit: kevinzim)

La merma de dodos provocada por la cataclísmica invasión biológica y la destrucción de sus bosques no fue menos brutal que la fácil cacería a golpes de los descubridores portugueses o los bastonazos de rubicunda factura holandesa con los que extinguieron a esta especie en menos de ciento y pico de años. Alimento facilón de un ave atónita para bárbaros holgazanes en tránsito sobre sus mares de codicia. Y es así, a tiempo pasado, sopesada la melancolía de observar crecer los claros en las frondas de isla Mauricio, cuando se revela que el pájaro inepto, el estúpido Dodo , resultaba ser el discreto guardián de la llave de los bosques de ginkgo y tambalocoque.

Se me figura mirando su cabeza que su expresión taciturna registró en el brillo y la redondez de su pupila tenaz –descarada, a decir de la expresión de los grabados de la época y un ejemplar disecado en algún museo-, la silueta de cada hombre que se irguió henchido de perspicacia, de discernimiento, frente al tonto… Seguro que casi podría verse en ella, indeleblemente impresa, la instantánea, la fotografía del sagaz, del capaz, la expresión del bruto atrapado en la pupila del Dodo momentos antes de que alzara el palo que de inmediato hundiría en su cabeza de un golpe. En el doblez, en el plegamiento del tiempo, con el ruido de los huesos rotos, es ahora cuando se escucha la sorda y melancólica campanilla que tañe cada árbol que no brotará por aquellos mazazos, registrados en el ojo de cada Dodo.

Esta historia me sugería imprecisas y terribles similitudes entre las personas con diversidad funcional y el malogrado Dodo. Unos quizás por ser considerados socialmente seres menguados en no sé qué capacidad que les resta humanidad, y otros por ser apelados como tontos hasta en latín; ambos con morfología razonada como disminución; los dos sin trato con el mundo de los hombres, bien por insularidad unos allí donde África ya pierde el nombre, como por exclusión de su universo los otros; ambos forzados por la ignorancia y la desidia codiciosa de lo inmediato, a desvitalizar la diversidad del mundo conocido…

La analogía también se me figura en que evolutivamente considerado, dicen del Dodo que estaba irremediablemente ubicado en el futuro de lo vulnerable por ser como estaba: en el tránsito de perder sus alas, incapaces ya de elevarle y menos aún suspender en el aire sus veintitantos kilos de carne de palomo bobalicón. La fragilidad, la vulnerabilidad erigida como pedestal del miedo sobre el que alzan a este pájaro quienes entienden que fue sorprendido en la línea de un tránsito hacia otro estadio, tratan de hacer que le observemos como un desaventajado más, un inexorable cautivo del tiempo en un razonable matadero donde, dicen, era su déficit lo que auspició que viniera a engrosar el triste bestiario mítico de los desastres ecológicos, esos fracasos humanos que la historia exhibe como la marea devuelve la basura antaño arrojada al mar. La selección de las especies le llegó al Dodo con el rigor del bastonazo que le rompió el cráneo o con la bala que puso en fuga su último aliento, desinflándolo. La selección natural, con acento portugués o neerlandés, no propició en esta ocasión un giro del mecanismo que compondría una variante fenotípica, el orden esperado por algunos en la disposición de una nueva especie. El imperecedero puchero con verduras o la manteca para ungir asados y la brasa del horno, rompieron el continuum vital del inepto Dodo, un renglón de un cuento de Dios, o Darwin, sorprendidos ambos a manotazos por los prosaicos adalides del capitalismo europeo, tras arrebatar a uno la tinta y a otro la pluma y enmendarles la plana de la diversidad en sus almuerzos. De éstos quizás proviene la reflexión de que toda evolución no es sino un tránsito, un camino inseparable hacía cierta idea de perfección y no un estadio de plenitud, valorable como tal en su conjugación del presente, la tilde en el acento de la evolución en el mosaico de la diversidad y que en tanto no ha alcanzado la vereda hacia esa incierta perfección, está en riesgo justificado de ser trinchado…

Suspendida por el taxidermista o el dibujante, la mirada del ojo del Dodo parece que en lugar de otear su horizonte esperando la trasmutación de su especie estuvo más adiestrada enfocando el suelo inmediato, tragando semillas anhelantes de retornar al mundo raída su cubierta y por el oscuro balcón de su cloaca. Engullendo semillas de ginkgo o tambalocoque seguro que razonaba que su equilibrio estaba en su razón de ser percibido por el entorno, sin más, sin interés en pensarse un palomo distinto, tonto, inepto y sorprendido con el paso de la pata cambiada en mitad de un proceso evolutivo, defraudando a los taxónomos que lo imaginaban indexado en su correspondiente registro, igual de estúpido pero quizás más políticamente correcto si mudaba a pedestre sin más, azorados aun hoy al ver sus encanijadas alitas sin arte aeronáutica. Es el mismo contrapunto considerativo que se aplica a las personas con diversidad funcional. Seguro que el Dodo sabía que se es cuando se está y se está como se es, como una cuestión visceral, de tripas en movimiento, esas que propician una ecología posible valorando a todos y cada uno de los sutiles hilos del equilibrio en los que oscila y se balancea el mundo. Afortunadamente, en el alterado ecosistema de las sociedades humanas, ya hay territorios frescos y algo selváticos, recuperados, en los que la evolución social ha logrado que se tenga patente que la diversidad funcional y la identidad no tengan mucho que ver con la potencia y el mundo cifrado en ventajas y desaventajados, esa loca carrera que tanto gusta a quienes solo otean los horizontes de sus mercados, como aquellos holandeses errantes perdidos en la punta de África que con sus bichos y glotonería marinera, liquidaron una especie en el entretanto de andar a lo importante, llenar la bolsa de oro.

Correr, secarse y aun así, ganar.

Anteponer o anteponerse a la visibilidad, a la vista y consideración social –esa visión rotunda, en peso neto, con babas y a lo loco-, en el orden real y cotidiano de las personas con diversidad funcional, quizás tiene algo del zumbido de bastón holandés dirigiéndose a nuestras cabezas, de posición de negación de la diversidad en la ecología social que nos da carta de naturaleza como especie, de mirada que se escandaliza por las alas mínimas de un Dodo. Las más de las veces, las personas con diversidad funcional, perdidas por aisladas -confinadas en los archipiélagos sociales de la mirada inducida por la categoría y la medida profesional y administrativa-, como el Dodo en isla Mauricio para los naturalistas, sólo somos la visión de reojo del desdén de quienes habitualmente se fijan en el horizonte pero trazando una elipse al cruzar sobre nuestras cabezas. En ocasiones, cuando su atisbo trata de ser más horizontal, a lo más, aparecemos a sus ojos zambullidos en una charca de lágrimas, como esa en la que cae y empapa el Dodo de Alicia, y en la que no se hace pie. Y allí, manoteando sofocados en el desenvolvimiento cotidiano, somos actores accidentales en una comedia en la que los que se anteponen nos dan papel –con mayor o menor fundamento-, contentos, visibles al fin, interpretando un sainete cíclico, tedioso y cargante a lo largo de toda nuestra vida. Es similar, seguro que también, a la escena de perplejidad que debió interpretar el primer holandés asqueado de habichuelas con gorgojo tras desembarcar y quedar pasmado ante el primer Dodo que vio un humano, limitándose éste a parpadear cuando el otro ya tentaba a ciegas el palo más cercano.

Con el golpe fatal del holandés se elevó el alma del Dodo al edén de la mítica literaria, aunque para el mal alivio de volver al mundo, al de Alicia maravillada, y caer de una zambullida en la charca de sus saladas lágrimas. Quizás hay pocos escenarios tan deprimentes… Por eso se entiende que el otro exilio conocido del Dodo sea el escudo oficial de Isla Mauricio, aunque no sea más que por hacer el sarcasmo de equipararse, republicanamente, a los encrespados, estresados y artificiosos leones del blasón holandés.

Lewis Carroll's dodo

Lewis Carroll’s dodo (Photo credit: mwanasimba)

Esa charca salada vuelve a figurárseme análoga a los escenarios de las construcciones sociales erigidas para nosotros, personas con diversidad con diversidad funcional, donde nos cercan y granjerizan, incluso en el pienso que distribuyen para nutrir nuestras mentes, como si solo fuéramos Dodos ineptos y confiados, en tránsito en una evolución de la que saldremos mejores… La visibilidad de las personas con diversidad funcional casi siempre se escenifica en el bosque de Alicia. Allí nos muestran como al Dodo inepto ensopado en lágrimas para, desde la orilla, teorizar sobre lamentos y tristeza, superación y técnicas de natación posible siendo quienes son los de las alitas discapacitadas; teorizar mientras nos mojamos sobre la salinidad, acidez y densidad del medio que produjo el berrinche de Alicia.

Afortunadamente, creo que es el propio Dodo quien restablece el orden que le es propicio y necesario: abandonar la charca de lágrimas de la compungida Alicia y organizar en el modo y manera que deseen los que allí están, una desigual y alocada marcha liberadora. Una galopada contra la humedad compasiva que no le ayuda ni comparte y que enmohece y desluce su plumaje; una carrera de pájaro que, a pesar del latinajo que le describe, piensa, y lo hace hasta en el detalle de que viniendo de Isla Mauricio, habiendo fijado su pupila en la de los seres humanos, no hay otro remedio que salir de la charca lastimera rodando o correteando –fastidiando la escenografía de los teóricos de la orilla-, airearse y desprenderse de la sal de las lágrimas ajenas, para quedar seco  y concluir que todos los que se encharcaron después de venir de la isla, y él sobre todo, ganan en esa carrera.

Tomonde, 19 de octubre de 2011.


CARROLL, Lewis, “Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas”, 1865. (Alice’s Adventures in Wonderland), fragmento del Capítulo III: Una carrera en comité y una historia con cola.

Del portugués doudo o doido –estúpido-, o del neerlandés dodoor –holgazán (en http://es.wikipedia.org/wiki/Dodo)

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Abandonando el país de los Yahoo

Apuntes sobre ecología política y diversidad funcional

por Juan José Maraña

First edition of Gulliver's Travels by Jonatha...

First edition of Gulliver’s Travels by Jonathan Swift (1726) (Photo credit: Wikipedia)

Mi reconciliación con la especie yahoo en general no sería tan difícil si ellos se contentaran sólo con los vicios y las insensateces que la Naturaleza les ha otorgado. No me causa el más pequeño enojo la vista de un abogado, un ratero, un coronel, un necio, un lord, un tahúr, un político, un médico, un delator, un cohechador, un procurador, un traidor y otros parecidos; todo ello está en el curso natural de las cosas. Pero cuando contemplo una masa informe de fealdades y enfermedades, así del cuerpo como del espíritu, forjada a golpes de orgullo, ello excede los límites de mi paciencia, y jamás comprenderé cómo tal animal y tal vicio pueden ajustarse. Los sabios y virtuosos houyhnhnms, que abundan en todas las excelencias que pueden adornar a un ser racional, no tienen en su idioma término para designar este vicio, como no lo tienen para expresar nada que signifique el mal, excepto aquellos con que califican las detestables cualidades de sus yahoos, y entre ellas no pueden distinguir ésta del orgullo por falta de completo conocimiento de la naturaleza humana, según se muestra en otros países en que este animal gobierna. Pero yo, con mi mayor experiencia pude claramente reconocer algunos rudimentos de ella en los yahoos silvestres. Los houyhnhnms, que viven bajo el gobierno de la razón, no se encuentran más orgullosos de las buenas cualidades que poseen que puedo estarlo yo de que no me falte un brazo o una pierna, lo que no puede constituir motivo de jactancia para ningún hombre en su juicio, aunque sería desdichado si le faltaran. Insisto particularmente sobre este punto, llevado del deseo de hacer por todos los medios posibles la sociedad del yahoo inglés no insoportable, y, de consiguiente, conjuro desde aquí a quienes tengan algún atisbo de este vicio absurdo para que no se atrevan a comparecer ante mi.

Jonathan SWIFT – Los Viajes de Gulliver (1726) – Cuarta Parte, capítulo XII

La vieja pelvis de Elvis

A finales del siglo XIX, al término ya de la tímida revolución industrial española, la compañía británica The Sierra Company Limited abrió un foso en la Sierra de Atapuerca (Burgos) para el posible tránsito de un ferrocarril minero donde, del que al correr del tiempo, ya en calidad del conocido yacimiento paleontológico y arqueológico, hemos llegado a saber que hace unos 800.000 años nuestros antecesores practicaban habitualmente la antropofagia. A juicio de los paleoantropólogos ese canibalismo satisfacía tanto un hábito recurrente de finalidad alimenticia como a un recurso de control competitivo que probablemente se aplicaba sobre niños y adolescentes de otros grupos del entorno.

Model of a female Homo antecessor practicing c...

Model of a female Homo antecessor practicing cannibalism. Hace más de 800.000 años ya se practicaba el canibalismo. De aquella se aprovechaba todo lo comestible. (Photo credit: Wikipedia)

La trascendencia de algo que ya presumíamos se desvanece sobre la que suscita otra reseña que nos habla de la vieja pelvis de ‘Elvis’[2], una reliquia ósea a través de la cual hemos tenido referencia de un antepasado que a cuenta de una malformación que, quizás, le obligó dolorosamente a caminar encorvado y apoyado en un báculo, logró sobrevivir en el inclemente mundo de hace 500.000 años hasta una sorprendente edad para ese tiempo, próxima a los 50 años. Aun siendo infrecuentes todos ellos, también hay constatación fósil de la misma datación, y en la misma área, de los restos de una niña nacida con una craneosinostosis[3]que logró sobrevivir hasta su preadolescencia (5-7 años).

La dificultad de uno y otra para proveerse autónomamente de alimentos y cuidados, y durante tan largo tiempo en ese periodo prehistórico, induce a pensar en un alto grado de prevalencia de la sociabilidad y capacidad de su comunidad para satisfacer necesidades individuales aun en condiciones socioeconómicas adversas y primarias. Nos habla de la corresponsabilidad natural; de la cooperación interna de las agrupaciones humanas cuando, quizás, no son tan permeables a la presión de sistemas productivos alentadores de la dominación, el poder sublimado del control masculino o el ventajismo y la competitividad reproductiva, o para la vacía acumulación de riquezas que, obviamente, perduró en sucesivos estadios históricos.[4]

Contrariamente a ese cuadro amable del hombre de Atapuerca, las imágenes enojosas, por consabidas y reiterativas, que registra la historiografía sobre la diversidad funcional nos visibilizan abandonados en la espartana brutalidad del Monte Taigeto, flotando hinchados sobre las aguas del Tiber, reducidos a cenizas en Treblinka o aturdidos en un quirófano antes de ser esterilizados forzadamente[5]. Es la instantánea del relato ideológico y cultural que se abstiene de reiterar con la misma intensidad y suficiencia que esas son las estampas que generan los sistemas económicos ̶ esclavistas, aquellos; del capitalismo financiero, el nuestro[6]̶, jerárquicos, de clases detentadoras de derechos civiles, patrimoniales y políticos que derivaron en la consolidación de la propiedad privada y el germen del Estado con la estratificación de la división social del trabajo, entonces, y en las desigualdades de la globalización, ahora.

La economía se ha comportado con nosotros como el obturador de una cámara fotográfica de la Historia: con una larga exposición a la luz del miedo, impresionando las películas del darwinismo social aun antes de que el HMS Beagle fuese siquiera concebible.

Bienestar tóxico

Comparado con otros periodos, el control político y económico sobre la población de esa llamada Revolución Industrial que llevó a abrir ese tajo colmatado de Atapuerca del que emerge la fantasmagórica y renqueante figura de un Elvis antecesor viviendo en comunidad ayudó sustancialmente a la disminución de enfermedades, la reducción y expansión de epidemias o a un mayor volumen y eficiencia en la producción de alimentos. Pero a esas fluctuantes y relativas bondades, le acompañaron fuertes variaciones demográficas con un crecimiento sostenido de la población, el impacto de los procesos productivos sobre la base de una intensa y violenta diferenciación social, desigualdades de todo orden, la aparición del proletariado como clase social caracterizada por la explotación, y la exclusión inherente al capitalismo industrial. Todo ello emparejado a una exaltada celebración de la explotación irracional, y sin control del medio ambiente como nunca antes se había producido.

Ahora, en este nuestro escenario postindustrial, global, tecnológico, y de aguda y decisiva crisis del sistema capitalista, y para la biodiversidad terrestre, en la cotidianidad de éste recién estrenado siglo XXI, aceptamos e interiorizamos con incomprensible candidez y estoicismo que las afecciones relacionadas con la exposición inevitable, e inconsciente, a sustancias tóxicas hayan disparado como nunca en todo el planeta el número de casos de cáncer, de enfermedades inmunológicas, de alteraciones hormonales, de autismo, problemas neurológicos o reproductivos… haciendo especialmente vulnerables entre todos los grupos de población a las mujeres gestantes y a las niñas y niños. Sabemos desde hace tiempo que la insospechada permanencia de elementos químicos en la sangre, o un impacto atómico en una célula humana, y la alteración en la secuencia determinadade los ácidos nucleicos, en el mejor de los casos, puede ser el origen de un cambio congénito capaz de alterar el color de los ojos de un individuo o generar en él trastornos neurológicos irreversibles. A pesar de ello, ni la relevancia de sucesos como los de Bhopal, Chernóbil o Fukushima parecen suficientes para disipar el letargo, la insensibilidad social ante un sistema que justifica semejantes riesgos y desastres para la vida. Todo parece reducirse a una fatalidad probabilística, fallos excepcionales en el actual ciclo de una máquina demasiado compleja para el entendimiento común.

Tanto en los albores de la crítica socioeconómica moderna[7]como desde el actual ecologismo social y político, se han formulado análisis reprobatorios de las condiciones de trabajo o de la adulteración de alimentos, etc., y esa cultura del productivismo, el consumo y la competitividad que nos ha llevado a esquemas de vida letales –y que guardan un claro nexo con la generación y las manifestaciones de la diversidad funcional– discriminatorios y contrarios a la libertad colectiva, la justicia y la atención a las necesidades básicas de todos, hombres y mujeres.

Sin embargo, parece oportuno subrayar la necesidad de que la ecología social y política no restrinja su posicionamiento hacia la biodiversidad para que asimile en él, también, el de la diversidad funcional (discapacidad) como lo que es, y, probablemente, será siempre: parte indisociable de la condición humana. Además de enriquecer su compendio ideológico, en aras de la equidad, está a tiempo de hacerlo ampliando, o desembarazándose, de razonamientos inquietantes de esa otra economía que sólo tiene una comprensión de la sociedad cifrada en la explotación de la humanidad y el entorno. Existe una corresponsabilidad política heredada de asuntos a resolver en nuestro más inmediato y malentendido bienestar, tóxico, competitivo y brutal. Y al tiempo se debe dilucidar a quiénes y cómo incluye el ecologismo político y social en la actitud humanista desde la que, como especie, hemos desarrollado la capacidad distintiva de organizarnos en sociedades que cooperan entre sí sobre la base de conceptos como la equidad, el respeto a la diferencia, la justicia… Y optar por si las personas con diversidad funcional son beneficiarias de una u otra consideración, y las consecuencias que ello conlleva.

¿Homo economicus homini lupus…?

Es una obviedad, aunque no siempre se enmarca así, que los problemas de las personas con diversidad funcional, hoy como nunca, son de naturaleza política y económica. Si las problemáticas ambientales están inexorablemente ligadas a las sociales y políticas, estas lo están a su vez a las primeras. Y de modo determinante para nosotros.

Las construcciones sociales de la diversidad funcional se han erigido sobre un modelo económico, el capitalista, que ha determinado el social, y nada cambiará sustancialmente para nosotros, hombres y mujeres con diversidad funcional, hasta que otros instrumentos precipiten la mutación a otro paradigma que no se quede en la mera formalidad de las actitudes, y en la retórica legal y políticamente correcta tratando asuntos de libertades civiles de minorías oprimidas. En la búsqueda de ese paradigma, observadas las soluciones propuestas y los resultados obtenidos hasta el presente, los directamente implicados parecemos llamados a tomar esos instrumentos de poder, y de decisión política, de abajo arriba, para decidir el rumbo.

Algo que se obvia sistemáticamente, o que recibe una atención relativa en las premisas políticas y en sus programaciones, es que en su más alto grado de incidencia, la diversidad funcional es una consecuencia directa del desarrollo de la sociedad capitalista industrial occidental (Finkelstein, V., Oliver, M.). Es ese modelo de sociedad la que estableció la “normalización de la capacidad” replicando e insertando la uniformidad en la industrialización a gran escala (s. XIX), el comercio y las exigencias de especialización y de división del trabajo. Optimizar las tareas productivas alcanzó a la mayoría de la población, determinando y delimitando también sus vidas, su tiempo, sus expectativas, su entorno. Sobre esas reglas se generalizaron los procesos de exclusión y reclusión de los inadaptados, limpiando las calles de todos los “anormales” que aún no recogían las instituciones religiosas, y que no se encaminaban en hilera a ninguna fábrica. A las prácticas tradicionales del exterminio, de la repulsa y del desprecio, el nuevo orden económico sumaba la institucionalización, el internamiento, y señalaba así que la diversidad, lo disforme y no asimilable era una responsabilidad pública que obstaculizaba sus movimientos.

En el transcurso del tiempo, (mediados del pasado siglo) “el principio de la normalización” que se fragua en las culturas nórdicas (Nirje, B. Wolfensberger, W.) consolida la idea de que las personas con diversidad funcional deben ser aproximadas en su existencia a la normalidad de la comunidad tanto como sea posible, disponiendo a tal fin métodos, servicios y apoyos generalizados. En buena medida casi adquiere tintes de filosofía humanitaria compensatoria del déficit biológico y, aunque vincula los derechos humanos con las políticas sociales y de protección, soslaya la naturaleza económica e ideológica del fenómeno.

Más allá del azar y la accidentalidad connatural a nuestra especie, la diversidad funcional tiene una relación directa con la clase social a la que se pertenece, caso apreciable aun en la herencia biológica de la clase trabajadora y su vínculo no muy lejano con la desnutrición fetal o la malnutrición infantil (Coleridge, P., 1993); aflora de mil maneras en las antinaturales concentraciones de población de las ciudades concebidas por y para la operatividad del sistema; es constatable en cualquier plazo de tiempo tras la exposición a sustancias y ambientes tóxicos en las explotaciones fabriles, mineras, industriales, etc., o en la combinación incontrolada de unas con otras en los cultivos, en la producción industrial de alimentos y en el consumo de productos químicos no evaluados y de uso cotidiano o insertados en la cadena trófica; es la consecuencia traumática de las contiendas bélicas organizadas por oligarquías para la hegemonía sobre recursos materiales; anida en la gestión mercantilizada de las políticas sanitarias preventivas y curativas y en la inducción subliminal de hábitos sociales perniciosos.

Entendemos que para la ecología social y política es prioritario admitir que la economía desarrollada con base en la superexplotación y el agotamiento de recursos finitos, limitados, no sólo está liquidando y envenenando la biodiversidad terrestre sino que en buena medida está en el origen y en la actual pervivencia maliciosa y sostenida del fenómeno social de la diversidad funcional.

Me matan si no trabajo[8]

Enmarcada toda la substancia social en los cánones de la “normalización”, hace que el trabajo, como motor del productivismo, se sublime y se convierta poco menos que en la autorrealización de la especie: la única acción transformadora capaz de satisfacer toda necesidad física y espiritual o, en su término opuesto, el mecanismo mediante el cual se experimenta la alienación desde la explotación. Sin término medio.

Sobre sus rendimientos se han afianzado cualesquiera derechos para las actividades mayoritarias de la población, sus intereses y aspiraciones vitales, valores que la mayoría estadística sustenta y replica en sus condiciones biofísicas; sus patrones de normalización, sus acuerdos sociales y culturales transmitidos generacionalmente, y con sus soportes educativos orientados a él. Está dotado de la entidad y peso civilizador global sin el que no hay ni parece posible la Humanidad.

El barco del crecimiento económico bajo bandera del capitalismo industrial también ha llevado a las personas con diversidad funcional hasta la paradisiaca, y a la vez temible, selva del empleo, aunque como conchas inevitables adheridas a su casco. Cuando ha valorado sus rendimientos en función de sus expectativas de enriquecimiento, ha carenado el navío, despegándolas, no sin antes hacer competentes a médicos y profesionales de toda laya para marcarlas con círculos rojos de distinta intensidad que resaltan y vinculan déficit, daño, con productividad, y éstos con derechos civiles y económicos.

Las posibilidades laborales de las personas con diversidad funcional están sobradamente acreditadas. Cosa distinta es que satisfagan los objetivos de maximización de los beneficios del capitalismo o que sus ritmos de actividad condicionen la producción, y no a los individuos, eventualidad que alimenta falsos prejuicios culturales y sociales para nuestra inclusión:

“La única vez que estas cifras cambiaron de forma sustancial fue durante las dos guerras mundiales. Durante la Segunda Guerra Mundial, 430.000 discapacitados que habían sido excluidos previamente del mercado de trabajo se incorporaron a las fábricas y a la industria, y no sólo en labores de muy escasa relevancia, sino a menudo en puestos importantes de supervisión y gestión (Humphreys y Gordon, 1992). Me parece que la razón es muy sencilla. El objetivo del trabajo durante esas dos guerras no era obtener el máximo beneficio, sino luchar contra el enemigo común. Se organizaba el trabajo según los principios de la cooperación y la colaboración, y no sobre los de la competición y la obtención del beneficio máximo.

Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial salió elegido un gobierno que se comprometió a mantener esa situación, y se aprobaron leyes para asegurar que las personas discapacitadas no fueran excluidas del mercado de trabajo. La realidad es que, al cabo de tres años, no sólo había perdido su empleo la mayoría de aquellas personas discapacitadas que habían sido incluidas en el mercado laboral, sino que el paro afectaba de manera importante a la mayoría de los otros discapacitados cuyas insuficiencias habían sido causadas por la guerra. Los viejos principios de la economía capitalista se habían impuesto de nuevo.[9]

Se prima a los individuos que garanticen soportar la mayor presión posible. Son meros instrumentos. Aun en una planificación del trabajo sustentado en la actual tecnología que automatiza y mitiga todo esfuerzo, a nosotros se nos excluye y ubica en los circuitos diferenciados, institucionales, del control social e ideológico como elementos perturbadores de la norma, y depositarios del miedo colectivo. El hierro candente de la divisa “incapacidad” con la que se nos encierra en cortijos como manada vergonzante y exótica de la especie es la marca en piel que nos identifica, y que facilita y racionaliza desde el siglo XIX y XX las ominosas políticas eugenésicas, de exclusión e internamiento. Nos hace piezas aun más inmóviles, crustáceos de los concheros acumulados a orilla del mar desde los que vemos la singladura de los procesos económicos, y ahora el embarrancamiento del buque del crecimiento.

Desde mediado y final del siglo XX, la socialdemocracia europea como adalid del Estado de Bienestar trató de establecer pautas estructurales, medios y discursos culturales inclusivos y de socialización que, generalizados, han tratado de paliar la segregación. Pero su transigencia y conformismo con el sistema e ideología liberal que los genera y mantiene se ha revelado como una aspiración tan beatífica como ineficiente para cambiar los soportes que mantienen la exclusión de las personas con diversidad funcional.

La normalización y ese énfasis puesto en el trabajo como única y totémica instancia para la inclusión y la igualdad se ha comportado hasta ahora como un agujero negro absorbente de todos los esfuerzos individuales de las personas con diversidad funcional, de sus organizaciones y de las estructuras de ese modelo de Estado. Ese orden de cosas ha hecho endémicas las situaciones de injusticia, desigualdad social, pobreza y ausencia de derechos humanos, justificándolas como efectos indeseables, pero ineludibles de la naturaleza del propio sistema, de sus ciclos de crecimiento que conllevan situaciones de inequidad, de re-entrada en crisis y de mutación traumática hacia un nuevo ciclo, aun mediando conflictos bélicos o cataclismos económicos.

Sin embargo, no todas las personas con diversidad funcional pueden trabajar. Algunas no lo harán jamás o lo harán de modo variable, discontinuo, y no estándar (con suerte, hasta puede que con asistencia o adaptación tecnológica). Cuando lo hacen, siempre es en calidad de “un problema” económico más para el sistema productivista, y así se presenta ante todos. Por demás, en términos generales, el reducido sector de personas con diversidad funcional empleable lo es dentro de los estrechos márgenes que ofrece el mercado en sectores de producción residuales, marginales y subvencionados. Esto, sumado al riesgo del deterioro físico y psíquico que amenaza a cualquier trabajador, pero que aumenta en quienes no comparten cánones de normalización ni siquiera en los estándares de una jornada laboral, aun devalúa más si cabe su inmersión en el mundo del trabajo tal cual se concibe éste.

No hay flexibilidad para quienes no se amoldan a la estandarización. Tanto fuera como dentro de las burbujas del empleo subsidiado, ocupacional, las leyes son claras, inmutables y no sorpresivas: el mayor beneficio al menor costo, competitividad desmesurada, los más bajos costes salariales, extrema flexibilidad laboral, gestión límite de la seguridad, exigua adaptabilidad y usabilidad del puesto trabajo… Es la misma miopía económica, uniformadora, que sirve de baremo para el canje por derechos sociales. Es el mismo juez que entra en catalepsia ante la accidentalidad, la enfermedad o el simple envejecimiento y las limitaciones funcionales asociadas a estos eventos, y que proporcionan cada vez un mayor número de individuos que del universo del trabajo pasan a ser gasto menudo, tropa de relevo de ese ejército paupérrimo en la reserva[10] del sistema productivo.

En términos de cruda simplificación se puede afirmar que existe un velado consenso eugenésico compartido por la derecha y la izquierda política hacia las personas con diversidad funcional, aunque, bien es cierto, que por mayor obra de la infestación ideológica de los defensores de la economía del libre mercado.

Infección moral

El sistema tiene anticuerpos contra la diversidad funcional, aunque desarrollados tras sus perturbadoras enfermedades de juventud. Su infección tiene que ver con el añejo virus del liberalismo económico que ha elaborado, metabolizado y expandido desde antiguo la imperturbable ideología que defiende que las políticas sociales redistributivas (esas que afectan al amplio espectro de la demografía, la sanidad, el empleo, las clases pasivas o la lucha contra la pobreza y la exclusión en nuestro caso…) descansan sobre valores morales subjetivos y prescindibles, que en la mayoría de casos no son más que fastidiosas transferencias de rentas a las que obliga el criterio pusilánime del Estado paternalista. Se cambian de mano sumas que nada remedian, y simplemente mudan el traje del portador de la precariedad a cuenta de restar recursos al mercado, verdadero generador y regulador de la riqueza y del sosiego universal.

Es el virus del egoísmo racionalizado como bien social, que no admite verse obstaculizado por legalismos o la moral inducida, porque después de todo, se hace evidente como una “mano invisible” que favorece el bien común (Smith, A.). Para él, por el contrario, trasfigurado ya como neoliberalismo, las situaciones sociales que desencadenan sus maquinaciones en la economía le son tan impersonales y asépticas como la matemática que guía el trazo de sus números y la ingeniería de sus transacciones, lo que las hace neutras, descargadas de moralidad y, por tanto, de injusticia No tiene arte ni parte con el origen del oleaje que genera su navío en las aguas por las que navega… Es el “qué le vamos a hacer, la realidad es la que es y, aun así, vamos avanzando…”; es la apreciación plana de lo único, y tiene la férrea lógica de que todo pensamiento debe plegarse a lo que es único. Admite que la miseria o volubilidad de la fortuna existen, pero por obra de la vagancia, por la indolencia menoscabando la iniciativa individual, por el azar, por la fatalidad física, intelectual, etc., y esos atributos no son materia mercantil –o no del todo–, y a lo más sólo cabe aplicar la caridad sobre esos sucesos o animar a otros a la solidaridad.

Cualquier otro modelo de pensamiento que le dé réplica le es indiferente, y solo lo entiende como una opción superflua que otros pueden tomar, no como reacciones por la presión de su carencia de justicia. Así, una sociedad en la que se ha impreso la idea de que la oferta y la demanda no solo regulan la riqueza de las naciones sino que su fortalecimiento aun provoca que los beneficios “goteen” sobre los más necesitados (teoría del trickle down o ‘efecto goteo’) se pliega más y mejor a la idea de la “inevitabilidad de las tragedias” y las privaciones que conllevan cuando las máquinas del mercado se atoran. Y así es como se engranan y giran bien aceitadas las ruedas del artefacto del mundo según el neoliberalismo para nosotros. Cuando la bonanza del crecimiento económico hincha y tensa las velas de los navíos de ese sistema, hasta las aguas de la insuficiencia y de los obstáculos de la fortuna se apartan de sus quillas. Por el contrario, en la calma chicha, hasta los objetos más nauseabundos pueden llegar flotando hasta el casco a riesgo de adherirse a él.

La izquierda social y política, desde mediados del siglo XX, con su más preminente representación en la socialdemocracia, ha aceptado un recitativo de subordinación en ese teatrillo de la redistribución de la riqueza y de los recursos sociales para las personas con diversidad funcional que la ha obligado a ceñirse a un guión ideológico poco más que paliativo, de mejoras en el corto plazo, y que han inducido políticas de tolerancia hacia la institucionalización, la exclusión o el conservacionismo y mantenimiento de lo poco que ha logrado arrebatarse al sistema en algún quiebro de osadía. Sus logros no parecen propiciados por el humanismo hacia el fenómeno natural de la diversidad funcional en sí, sino por mecanismos reactivos frente a la explotación laboral de los trabajadores, y que desde la mitad del siglo XX han quedado en logros sociales ̶ normativos las más de las veces ̶,expresados en legislaciones nacionales e internacionales protectoras del daño y la limitación en la órbita del trabajo (OIT) o reparadores tras conflictos armados. Generalmente, se han afianzado como medidas pasivas de transferencia de renta (indemnización económica) y de protección básica, y que no tantas veces como es debido han logrado hacer responsable social al estamento empresarial. Y todo, sometido a revisión a la baja en el tiempo presente…

Pero, en síntesis, ¿de qué estamos hablando…?

De una correlación de factores de la situación que bien puede ser esta:

  • Del legado para menesterosos. Heredero oportunista de la competitividad biológica, el sistema secular de economía de mercado ha incrustado en la genética colectiva, y primordialmente en los estamentos políticos, que nuestros derechos sociales y políticos no existen, pueden esperar o se limitan al asistencialismo solidario —emulación confusa y equívoca de un símil corrupto del derecho, siempre proyectada ante la comunidad como la onerosa carga de una casta de “necesitados”—, o que son derechos supeditados a la discrecionalidad de los excedentes de la riqueza, y no al derecho natural que se aplica a sí misma la colectividad.
  • De ser piedra de toque. Aunque se soslaye hacerlo explícito, nuestro valor social como grupo humano se sopesa en función de los excedentes económicos colectivos… Si estos no llegan para un asistencialismo planificado y autoritario, la depreciación es aun mayor que la del resto de la comunidad porque nunca se reconoció en nosotros la premisa clave de la economía de mercado: el valor social del trabajo productivo.
  • De los aduaneros. El productivismo y su asistencialismo programado a través del Estado ha transferido a los sistemas médico-rehabilitadores la potestad de calibrarnos y graduar nuestro rendimiento productivo, a tal punto que su clasificación y certificación se comporta como un visado en toda regla en los puestos fronterizos de la inclusión por el empleo y la valoración social que sigue a éste. Es así, también, como se infunde en el imaginario colectivo la idea de que nuestra alienación radica de principio a fin en nuestras dificultades objetivas –no las del sistema– para el trabajo[11]. Carentes del reconocimiento y del valor social que se otorga mediante éste, nos agrupan junto a otras minorías (étnicas, sexuales, etc.), granjeándonos la consideración moral que el sistema receta a esas colectividades por medio de sus expresiones racistas, xenófobas, machistas, etc.
  • De los lazaretos y granjas humanas. La normalización también actúa como ideología que justifica, o al menos sostiene, el internamiento institucional como depurador, como catalizador de la “anormalidad”. Asentados en los arrabales de la responsabilidad del estado social moderno e irrelevantes para la máquina productiva que todo lo mantiene, el sistema realiza su pirueta más natural, y trueca el fenómeno social de la diversidad funcional en ‘categoría productiva’ (los “discapacitados”) arracimando en torno a ella intereses personales que mantienen activos procesos de control similares a los aplicados a cualquier otra categoría productiva. Y si el fenómeno tiende a volver a vincularse al origen de la equidad en la estructura social, lo encauzarán como competencia de todo tipo de organizaciones paraestatales receptoras de paradójicas duplicidades, transferencias, privatizaciones de servicios esenciales de referencia para este colectivo: educativos, asistenciales, paramédicos… Organizaciones, por demás, imposibilitadas para romper los vínculos que hacen perdurable y maliciosamente sostenido gran parte del pingüe circuito económico subsidiario de la diversidad funcional. Aflora así otra de las paradojas con las que, casi como en una actitud psicótica, el sistema se sopesa y cuestiona a sí mismo en el destino de recursos para el sostén de la exclusión que él mismo alienta.
  • De la ajustada razón que nuestra razón detiene. Cuando la sociedad civil intenta soluciones conformes al derecho, queda desconcertada por tener que aceptar, y aun celebrar, normas ad hoc para nosotros que se incumplen sistemáticamente, y sin sonrojo. Y ello de modo y manera que sería inaceptable para la mayoría de ciudadanas y ciudadanos en cualquier otro contexto. Sistemáticamente, el orden legislativo prioriza, y se auto-inocula, el “ajuste razonable”, o lo que, en su lógica neoliberal, se interpreta sólo como la expresión del reconocimiento de necesidades que aceptará “sólo y si” se descarga y desincentiva como “derecho”. Porque si se transformara en tal derecho, sería el precedente para validar continuas exigencias, ilimitadas y en todas las esferas sociales; tendencias capaces de desequilibrar entonces los objetivos de una economía competitiva.

Tú, yo y el decrecimiento

El desmayo comatoso del mundo tal cual lo conocemos parece inevitable con el cese del flujo del petróleo y de todo su universo de productos que atornillan y anudan el intrincado sistema que ha laminado y degradado el planeta.

El agotamiento paulatino de todos los elementos sobre los que se ha entretejido una economía interdependiente y global ya parecen estar impulsando cambios de primer nivel, estructurales, y aún se precipitarán más en breve tiempo subrayando la certidumbre de que la crisis es también la de una reubicación de los estamentos de poder en el sistema en el que todo se ha gestado.

Paralelamente, una de las alternativas que ya discurre por los meandros de la ecología política es la del decrecimiento económico, entendida como una planificación de mínimos en todo género de consumos que admita la compatibilidad de nuestra huella ecológica con la supervivencia de la especie, planificaciones que conllevarán cambios revolucionarios en el mundo tal cual lo conocemos ahora, incluidas todas las relaciones sociales. Que ese decrecimiento acaezca de modo caótico o conducido como un proceso de obligadas y apremiantes reformas es el reto inmediato.

Para las personas con diversidad funcional adentrarnos en la inevitabilidad de un entorno de decrecimiento económico valida el presentimiento de que si hacemos ese viaje, no será porque hayan revisado los prontuarios del capitalismo en derrumbe o del socialismo aturdido en los que figurásemos en alguna lista para el reparto de camarotes y chalecos salvavidas. En sus trasiegos y enfoques productivistas, unidimensionales en lo antropocéntrico, unos y otros simplemente tradicionalmente nos han alojado en la bodega como mercancía mal amarrada entre objetos de uso olvidado, amedrantados para no contribuir a ser carga que escore el buque.

Nuestra aprensión a que se transfieran clichés segregacionistas, discriminatorios, al ámbito de la ecología política tiene sobrados fundamentos a vista del estado del arte del mundo, de la incesante secreción narcótica de políticas totalitarias cada vez más naturalizadas en los sistemas democráticos, pasando por la comparsa de la irracionalidad religiosa, y llegando hasta la mirada eugenésica con que nos enfoca el rebrote de un maltusianismo creciente.

Todo nos ratifica en que las políticas aplicadas hasta ahora a nuestro colectivo son el resultado de un “despiece” interesado del problema, y no el de una actitud responsable y coherente con los fundamentos civilizadores de los que nuestro modelo de sociedad se ha jactado, sustanciando retóricamente los derechos humanos, la democracia y la ética igualitaria ante la ley. Otros recelos provienen de la más lóbrega tradición social de la especie, de las seculares arquitecturas de la precariedad que han conformado el edificio ideológico y cultural del déficit, el tatuaje del estigma dentro del que vivimos encerrados como en un dibujo cabalístico.

Si las irresueltas cuestiones de las personas con diversidad funcional se heredan invariables de semejantes contextos, se estaría cerrando una vez más la puerta a la razón para negar la diversidad. Las cuestiones “marco” de las personas con diversidad funcional no son materia de asistencia o servicios sociales, sino el desbordamiento de una ignominiosa deuda histórica en materia de derechos humanos y civiles.

Zarpando hacia Brobdingnag[12]

Si el neoliberalismo sólo atiende al lustre y esplendor de sus zapatos, la fe ingenua de la izquierda social nos ubica en el muelle del puerto a la espera de un navío de la prosperidad y la recuperación económica que atenderá nuestros déficits de población “enferma” mediante artificios redistributivos, la dominación de la naturaleza del déficit por la tecnología y la contundencia en postergadas políticas de inclusión e igualdad. Pero mientras, el entorno quiebra por la sobrecarga de los ecosistemas, y vemos cómo los viejos vínculos con el modelo “médico-rehabilitador” nos reubican poco a poco, de nuevo, en los cobertizos de las organizaciones no gubernamentales, alterando los ejes de la cuestión, cambiando nuestro pasaje de agentes políticos, de ciudadanos, por el de “asistidos” a perpetuidad.

Para aquellos que jamás hemos tenido vida en términos de humanidad equiparable económica y socialmente a los de la mayoría estadística, para los que nunca hemos vivido “por encima de nuestras posibilidades”, el augurio de insuficiencia social que se combina a la autarquía que traerá un espacio de decrecimiento económico queremos creer que no necesariamente ha de ser pernicioso para un nuevo paradigma de la diversidad funcional. El decrecimiento puede involucrar una reinterpretación y un revitalizador ejercicio democrático que incluso se correspondería más con las ideas rectoras del Movimiento de Vida Independiente:

  • Autodeterminación.
  • Derechos Humanos, civiles, políticos y económicos
  • Auto-ayuda
  • Empoderamiento
  • Responsabilidad sobre la propia vida y las acciones.
  • Derecho a asumir riesgos (y a equivocarse al hacerlo)

Nos anima la impresión de que estos principios parecen tener adelantado un buen trecho para su acomodo en economías cooperativas, arraigadas en valores sociales y no en la didáctica de la dominación, la codicia y la selección de los más aptos en un orden del mundo configurado por ellos. El “biocentrismo” al que nos aboca nuestra herencia como especie económica, puede hallar nuevos estándares de calidad de vida si se satisfacen necesidades vitales con el menor impacto en el medio y en sus sutiles equilibrios, balanceando la justicia con la ecología.

Ese objetivo, para el que ya el tiempo corre en nuestra contra, puede buscarse en la promoción de elementos como:

  • la cultura de la suficiencia
  • la migración a comunidades de menor tamaño
  • la revalorización de lo local
  • la progresiva prescindencia del intercambio dinerario por transacciones aptas para una economía moral
  • el papel imprescindible de las redes sociales y de intercambio
  • la priorización de los recursos de proximidad y tradicionales (como los que aun perviven en sociedades rurales o surgidas en la regeneración de los barrios en los conglomerados urbanos).

Una sociedad más afirmada en la cultura derivada de la ecología política y la justicia social no liberará a las personas con diversidad funcional del límite biológico o la accidentalidad, pero no puede admitir los esquemas de la exclusión sobre los que se ha asentado el secular modelo anterior sin enfermar irreversiblemente de una mayor ignominia que aquella.

¿Didácticas necesarias?

En la necesidad de abrir paso a alternativas hacia un primer estadio de acomodación de la diversidad funcional a la economía del decrecimiento, quizás el patrón de la municipalidad sea la estructura política más apta. Pero, aun así, deberá adoptar un funcionamiento descentralizado, colectivo, en el que emprender nuevas didácticas para una economía de dimensiones humanistas, comunitarias y de aprendizajes abiertos a la diversidad, la autogestión, la complementariedad y al apoyo mutuo.

A modo de simple esquema de partida para el debate social, nos atrevemos a referir posibles didácticas a iniciar por las personas con diversidad funcional:

  • Acomodar las necesidades individuales para que se equiparen en igualdad social y salvaguarda de la autonomía personal, adecuando las economías domésticas hacia la mayor autarquía.
  • Involucrarse en organizaciones de autoayuda, contribuyendo al fortalecimiento de redes para la simetría social, la reciprocidad y el intercambio como soportes de la cotidianidad, la convivencia y para la seguridad personal (por ejemplo, cooperativas de servicios comunitarios y para la asistencia personal, etc.).
  • Participar en diseños que prioricen la ruptura de los patrones que vinculan al género femenino con la “economía de los cuidados”.
  • Participar decisoriamente en los estamentos que impliquen la transferencia de recursos de materiales y técnicos para el autocontrol.

A modo de conclusión

Las organizaciones políticas hace tiempo que deberían haber hecho autocrítica y balance de sus premisas hacia las personas con diversidad funcional, siendo como son más que conscientes de que su retórica clásica y el papel soportan casi cualquier peso humano.

Aunque es curioso observar como los estamentos sociales, políticos y profesionales van adoptando el universo semántico del Movimiento de Vida Independiente, la realidad cotidiana es que las personas con diversidad funcional seguimos abocadas a señalizar itinerarios que ocultan hundimientos de los que aún estamos intentando salir. Es por ello que:

  • Las personas con diversidad nos afirmamos como ciudadanos de pleno derecho, no como sujetos marginales, perceptores pasivos de servicios sociales. Esta obviedad sigue sin tomar carta de naturaleza en la concepción más política de la comunidad.
  • La diversidad funcional y sus circunstancias diferenciadoras son parte de la diversidad humana, y toda programación política debe considerar éstas de modo horizontal en sus planificaciones, involucrándonos directa y activamente.
  • Los problemas sociales de las personas con diversidad funcional son, en gran medida, consecuencias de un sistema productivo lesivo y que genera daños socio-ecológicos que se correlacionan y multiplican, pero de los que no se responsabiliza, evita ni repara.
  • Igual que existe una tendencia biológica hacia la acumulación que ha roto el mundo, existen otras tantas que priman la supremacía de los más aptos y que comprometen la cultura humanista de la especie reabriendo peligrosas vías para distintas y sutiles formas de darwinismo social y la eugenesia.

En el inminente viaje a Brobdingnag, donde todos deberemos redimensionar nuestro mundo tras la gran fiesta de algunos, las personas con diversidad funcional esperamos re-encontrar a ese Elvis de andares oscilantes que deambula ahora algo más confiado en la corresponsabilidad de su especie, construida sobre el valor de la cooperación al que todos recurrirán en algún momento. Rescatando su imagen, esperamos poder construir un arquetipo humano que, cuando se siente a comer, no recele por estar devorando a un congénere para no competir o que otros le observen, conjurándose, para despeñarle por algún barranco por muy acolchado que esté al fondo por toneladas de papel.

Tomonde, Vedra (A Coruña), junio de 2012.


Referencias bibliográficas

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VV.AA., Claves del ecologismo social, Colección Ensayo nº 1. Libros en acción. La editorial de Ecologistas en Acción. Madrid, 2009.

Notas.


[1] Criaturas algo brutales y desagradables de apariencia humana que Lemuel Gulliver encuentra en su último viaje, contrapuestos a los houyhnhnms, de naturaleza, inteligencia y sensibilidad humana, pero de morfología semejante a la de un caballo.

[2] Denominación en clave humorística que el paleoantropólogo Ignacio Martínez dio a la cadera fósil del esqueleto de un Homo heilderbergensis hallada en 1997 en el yacimiento de la Sima de los Huesos de la Sierra de Atapuerca.

[3] Cierre prematuro de las suturas craneales en un bebé que puede ocasionar una malformación y daño cerebral al crecer este órgano en un espacio restringido.

[4] “Por ende, las premisas morales de la temprana aldea neolítica no fueron descartadas del todo hasta un milenio más tarde, con el surgimiento del capitalismo. Fueron, eso sí, manipuladas, modificadas y grotescamente distorsionadas. Mas persistieron como un íncubo dentro del nuevo orden de relaciones: una amenazadora fuerza del pasado, siempre acechando a la sociedad como el recuerdo de una «edad de oro».” BOOKCHIN, M., La Ecología de la Libertad, 1982, Nossa y Jara Editores, S.L., Madrid, 1999, pág. 163.

[5] Suecia esterilizó a 230.000 personas entre 1935 y 1996 “en el marco de un programa basado en teorías eugénicas” y por razones de “higiene social y racial”. Diario EL PAÍS, miércoles, 29 de marzo de 2000 (Agencia France Press, Estocolmo, 29 de marzo de 2000)

[6] “Para empezar, no sólo la sociología fue incapaz de abordar la discapacidad seriamente, sino que la historia y la antropología lo fueron también. Además,las pruebas demostraban que la visión medicalizada y trágica de la discapacidad era exclusiva de las sociedades capitalistas, y que otras sociedades la entendían de varias formas diferentes.” OLIVER, M. ¿Una sociología de la discapacidad o una sociología discapacitada?, Discapacidad y capitalismo, en: BARTON, L.(Comp.) Discapacidad y sociedad. Fundación Paideia y Ediciones Morata, Madrid 1998, pág. 44.

[7] ENGELS, F., La situación de la clase obrera en Inglaterra, 1845.

[8] Poema de Nicolás Guillén.

[9] OLIVER, Ibíd. pág. 50

[10] “El pauperismo constituye el asilo de inválidos del ejército obrero activo y el peso muerto del ejército industrial de reserva. Su producción está comprendida en la producción de la superpoblación relativa, su necesidad en la necesidad de ésta; junto con ella constituye una condición de existencia de la producción capitalista y del desarrollo de la riqueza. Figura entre los faux frais (gastos menudos) de la producción capitalista, aunque el capital sabe sacudírselos en gran parte de encima y echarlos sobre los hombros de la clase obrera y de la pequeña clase media”.

MARX, K. El Capital, Akal Ediciones, 2000, Madrid. Tomo III, Libro I, Sec. Séptima. XXIII- 4. Diversas formas de existencia de la superpoblación relativa. La ley general de la acumulación capitalista. Pág. 111.

[11] “Así, por ejemplo, la posibilidad «técnica» de la cura puede ser experimentada por el discapacitado, no como tal, sino como un imperativo moral, ya que el sistema social en el que vive se organiza sobre el supuesto incuestionable de la bondad de la independencia, el trabajo y la normalidad física, un supuesto anclado en una visión del mundo que no admite excepciones: se supone que no se puede tolerar la insuficiencia si es evitable, y así, la posibilidad de cura conduce a la opresión ideológica de quienes, padeciendo tal insuficiencia, técnicamente evitable, no desean ser «rectificados».”

FERREIRA, M.A.V, y ROGRIGUEZ CAAMAÑO, M.J., Sociología de la discapacidad: una propuesta teórica crítica, Nómadas. Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas, 13 (2006.1), Universidad Complutense, ISSN 1578-6730

[12] Nombre del país de gigantes al que va a parar Lemuel Gulliver, entre Japón y California, donde todo su entorno inmediato y utensilios para la vida deben ser redimensionados para su estatura. Al igual que él, el mundo del que provenimos no es de menor “talla civil” que el de los habitantes de Brobdingnag, sino que nuestra aparición en otro contexto de ciudadanía es lo que altera nuestra biosfera y condición.

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